Jueves 20 de Noviembre de 2014
En un vestuario de mujeres, dos señoras hablaban sobre lugares lindos para ir a comer. Una tiró un nombre y la otra replicó: "Antes iba, pero desde que sentaron cerca de mí a una niña Down que luego estornudó y bueno, te imaginarás, te ahorro el resto, no fui más". La otra contesta: "Ah, pero eso es culpa de la madre que sabiendo lo de la chiquita no va y la sienta contra la pared bien alejada del resto de la gente". Todavía lamento haberme quedado estupefacta y no haber atinado a preguntarles: ¿acaso si el estornudo y la escupida de comida (supongo que eso era lo "terrible" que nos quería "ahorrar") hubieran provenido de un niño sin síndrome de Down, su repulsión hubiera sido menor? ¿Qué rol juega en su relato la enfática aclaración de la condición de la nena? Quéjese del inoportuno estornudo y hasta critique a los padres por no enseñar a la nena a taparse la boca con el brazo en caso de tos o estornudo —una lección que los padres frecuentemente olvidamos y que muchísimos adultos tampoco aplicamos—, pero no se pronuncie contra la criatura, la madre o el restaurante por el Síndrome de Down.
Yo no atribuyo maldad a ninguna de estas señoras, ni siquiera a la que proponía colocar a la niña en algún sector apartado del local, pero que este tipo de actitudes estén tan naturalizadas que no se advierta que son deleznables, es grave, y que se realicen en público con total impunidad, todavía más. Nos violenta porque nos hace espectadores-cómplices de una situación injusta y puede dañar individualmente a las personas. ¿Acaso no puede haber en torno nuestro una abuela, madre o hermana de un sujeto con síndrome de Down? De hecho, en ese vestuario lo había.
Todos, y me incluyo, deberíamos revisar nuestros discursos porque muchas veces, sin darnos cuenta, caemos en comentarios discriminatorios que, aunque dichos "sin mala intención", lejos de ser inofensivos, hieren a otros particulares y al tejido social en general.
Ana Cristina Wilde
DNI 26.028.688