Lunes 09 de Enero de 2012
Cuando me invitaron a participar de la última marcha del año 2011 junto a las madres de plaza de Mayo, no lo dudé un instante. Tenía la posibilidad de marchar junto a quienes durante 34 años en forma ininterrumpida todos los jueves de cada semana a las 15.30 vienen marchando para reclamar la aparición con vida de sus hijos y el juicio y castigo a los culpables de su desaparición. Treinta y cuatro años, dos tercios de mi vida. Confieso que me sentí avergonzado, como padre, como docente y como militante por no haber tenido antes la posibilidad de haber marchado junto a ellas. Nos recibieron al mediodía de ese cálido jueves 29 de diciembre en la sede de Madres frente a la plaza del Congreso. Estaban en fila esperándonos con un dulce beso como solo las madres saben dar a sus hijos. Ese recibimiento fue sencillamente emocionante. Cuanta calidez y dulzura encontré en ellas contrastando con los calificativos a los que nos ha tenido acostumbrado la prensa amarilla y facciosa que las ha vapuleado durante tantos años. Nos agradecían nuestra presencia y acompañamiento. Volví a sentir vergüenza, ¿ellas agradecen mi presencia después de 34 años de ausencia?, después de mirar pasivamente como cada jueves de cada mes, de cada año ellas nos brindaban una muestra de militancia, de pedido de justicia, de valentía, de convicciones, de fuerza ante el dolor, ante la humillación, ante la infamia, ante la cobardía, ante la negación, ante la indiferencia. Marcharon contra todo eso y mucho más. El mundo las admiró y reconoció primero que nosotros los argentinos, seguramente porque teníamos miedo, por el "no te metás", por el "algo habrán hecho", porque no sabíamos su verdad, su dolor, y no comprendíamos su inmenso amor por la libertad, la justicia y la solidaridad. Marcharon contra viento y marea, a veces solas y otras junto a miles en grandes movilizaciones. Resolvieron hacerlo en forma colectiva, no por intereses personales, reclamaban por todos y cada uno de sus hijos desaparecidos, por cada injusticia y desigualdad entre nuestro pueblo, por cada niño con hambre, contra cada genocida libre, contra cada político corrupto, contra cada empresario inescrupuloso y cada dirigente gremial que renegando de sus orígenes traiciona a quienes debería defender. Marcharon por nuestros soldados de Malvinas, por las víctimas de la represión, del gatillo fácil y por los que perdieron la dignidad de un trabajo. Estuvieron junto a los docentes, a los estudiantes, a los desocupados y a los trabajadores en cada uno de sus reclamos. Nos dieron en estos 34 años un gran ejemplo de fortaleza, de amor, de lucha, de participación, de compromiso, de militancia, de unión. Y el jueves nos recibieron con los brazos abiertos y la calidez de las madres y en cada una de ellas me encontré con la mía que hoy ya no tengo. Estuve hablando con todas pero en particular con Ana, quien perdió a su hija Anita a un año de recibirse de arquitecta. Ana me contó que desde la desaparición de su hija no ha tocado nada de su habitación, no puede, no quiere, no debe. Llegamos a la emblemática plaza de Mayo y marchamos junto a ellas en la tradicional vuelta, rodeados de curiosos y turistas que se desvelaban por sacar fotos a las famosas Madres. Les pido perdón por no haber estado antes en esa plaza marchando junto a ellas y les agradezco el ejemplo de lucha que nos han regalado. Hoy que felizmente vivimos en democracia y gozamos de absoluta libertad de expresión, así resulta mucho más sencillo estar junto a ellas reivindicándolas aunque todavía otros prefieren seguir atacándolas impunemente como lo han hecho en todos estos años. Resistieron todo y hoy siguen de pie porque "la única lucha que se pierde es la que se abandona".
Arístides Ricardo Alvarez,
DNI. 14.081.530