Martes 18 de Diciembre de 2012
La vida cotidiana nos presenta, a cada momento, situaciones en las que, por diferentes circunstancias, no coincidimos con otras personas en sus opiniones o posiciones frente a hechos de diversa naturaleza. También a cada momento se puede apreciar que la desmesura aparece como estilo de respuesta: lenguaje “desmesurado” (léase grosero, procaz), gestos “desmesurados”, usando la violencia casi como única forma de manifestar nuestro disgusto o nuestro desacuerdo. En fin, ausencia casi total de lo que el extraordinario Aristóteles denominó “el justo medio”. Toda desmesura, precisamente, se aparta del justo medio para ubicarse en un extremo indeseable e infructuoso. He leído reiteradamente en este espacio de Cartas de los Lectores que se menciona a la educación como una herramienta eficaz para resolver o atemperar lo que continuaré denominando desmesura: estoy absolutamente de acuerdo con esa posición, pero sin olvidar que la “educación” es un proceso que comienza en la cuna y finaliza con la vida, es decir, no se trata solamente de la educación formal escolarizada, se trata de una voluntad ejercida por la familia para la formación de sus hijos, de unos mensajes educativos transmitidos en el día a día, de una decisión de optar por lo bueno, lo adecuado, lo que no agrede a los demás sin dejar de ejercer nuestros propios derechos. Nos percatamos de que “nuestros derechos” o lo que se creen nuestro derechos quieren imponerse a como dé lugar, sin mirar en los medios que se usan (terribles experiencias tenemos en nuestro país cuando “el fin justifica los medios·”). Cuando mencionamos la palabra educación se nos representa la imagen de niños, adolescentes o jóvenes: pero ¿qué nivel de educación social muestran los adultos/as? Ser adulto/a no está vinculado sólo a la edad cronológica, sino a la posición frente a la vida, ante las circunstancias que debemos enfrentar, ante los demás. Ser adulto/a es ser responsables de nuestros actos en lugar de echar culpas siempre a los demás; es reconocer nuestros errores y cambiar; es tener proyectos personales honestos; es solidarizarnos con quien nos necesita; es quebrar, poco a poco nuestro egoísmo transformándolo en colaboración, en respeto hacia los demás, evitando las confrontaciones como signo inmaduro de poder. Como sociedad necesitamos madurar más para vivir mejor. Es posible, siempre es posible, basta con quererlo.
Elena A. Sonzogni
DNI 5.812.498