Viernes 08 de Mayo de 2009
Bonilla pasó cinco días en la habitación de un hospital, con dificultades para respirar, junto a otras personas sospechosas de padecer gripe porcina. Vio morir a la mujer que estaba en la cama contigua.
Bonilla vivió para contar su historia, pero ahora, al igual que otros sobrevivientes al padecimiento, enfrenta el rechazo de los vecinos, temerosos de contagiarse, incluso en momentos en que el gobierno del país protesta por la cuarentenas en que varios mexicanos fueron puestos en el extranjero.
La mayoría de los más de 1.000 sobrevivientes confirmados al mal en México permanece en el anonimato.
"Los mismos mexicanos nos estamos discriminando. ¿Cómo será en los otros países?", dijo Bonilla, quien era trabajador de mantenimiento y ahora está desempleado. El hombre usaba una mascarilla quirúrgica blanca dentro del departamento pequeño, de dos alcobas, que comparte con su esposa, dos hijas adultas y dos nietos.
Anteayer, ocho días después de salir del hospital, Bonilla estaba prácticamente recuperado, aunque todavía no se arriesgaba a salir, salvo para las revisiones en la clínica pública que lo atiende.
Decidió contar al mundo su historia porque algunos mexicanos están desestimando la epidemia y propagando rumores de que se trata de un invento del gobierno.
Incluso los mexicanos saludables han sido víctimas del miedo. La semana pasada, algunos residentes de Acapulco arrojaron piedras a los vehículos con matrículas de la capital, disgustados porque personas procedentes del epicentro de la epidemia ingresaran en esa ciudad-balneario.
Varios vecinos de Bonilla preguntaron insistentemente si era seguro estar junto a él. Se mostraron inquietos por la posibilidad de comprar golosinas y bebidas en el puesto que tienen su esposa y su suegra en Iztapalapa, una de las zonas más pobres de la capital. Ni la charla de un médico los tranquilizó.