Los malditos saqueos
Yo lo vi, no les voy a permitir que en el futuro inventen un relato. Un golpe en el mentón. Seco, firme, implacable. Estoy con miedo y paralizado. Sin embargo, aflora tenuemente en mí el instinto de...

Viernes 13 de Diciembre de 2013

Yo lo vi, no les voy a permitir que en el futuro inventen un relato. Un golpe en el mentón. Seco, firme, implacable. Estoy con miedo y paralizado. Sin embargo, aflora tenuemente en mí el instinto de supervivencia. Hago conjeturas y analizo. ¿Cómo reaccionaría si ocurriera lo peor? Me desconozco, me juzgo, pero vuelvo a pensarlo. el lunes fue un día triste. Mi sociedad está enferma. Delinque, roba y festeja. ¿Alguien les dice que están equivocados, o será que nosotros les hemos marcado el camino para que actúen así? Quien se apodera de lo ajeno, lo hace impunemente. No hay autoridad, o sí, pero es la que pretenden ejercer un grupo de hombres defendiendo su trabajo. Incluso más que eso, su dignidad. Jugados, con una escopeta, esperan no tener que hacerlo. Es la encrucijada de la guerra, a 30 años de democracia. Una paradoja bien argentina. No los justifico. Siento ira, impotencia y dolor. Igual que usted. Aunque me atrevo a decirle que ellos vieron el camino que transitamos. Agazapados, esperaron que le demos la excusa. Al arma ya la tenían. Somos un país que se moviliza por efecto multiplicador. Si funciona en una provincia, se replica. Si fue efectivo, es porque es posible. Así actuaron los policías, así actuaron los delincuentes. A los primeros, les entiendo el reclamo no las formas. A los segundos, viéndolos actuar, me obligan a cuestionarme qué les hizo creer que podían hacerlo. Ayn Rand, en su obra "La rebelión de Atlas", me lo advirtió hace algunos años: "Cuando vean que para producir necesitan obtener la aprobación de quienes no producen nada; cuando vean que el dinero fluye a quienes comercian no en bienes sino en favores; cuando vean que los hombres se hacen más ricos a través de la estafa que del trabajo y sus leyes no los protegen de ellos, pero los protegen a ellos de ustedes; cuando vean que la corrupción es recompensada y la honestidad se convierte en un sacrificio personal; sabrán que su sociedad está condenada". Gracias señora, su sabiduría me mostró la causa. La consecuencia la encontré en los vidrios rotos de los cientos de comercios ultrajados y en la mirada perdida de los tristes trabajadores. ¿Cuánto importa en este siglo la moralidad, el honor o la ética, el sentir que en tu vida has actuado de acuerdo a tus pensamientos sin ceder antes las circunstancias ni ante nadie, obtener la paz de saber que no han podido quebrarte? No dejemos que los violentos nos quiten también las ilusiones. Recordemos que nuestros valores son nuestros mejores bienes. Persistan en sí mismo, no imitemos. Nadie puede saber lo que es y lo que puede hasta que lo ha puesto en evidencia. Hagamos lo que nos corresponde, seguir adelante trabajando. Nada puede brindarte paz excepto el triunfo de tus principios. Finalmente, resta decir que todos los hombres llegan a una encrucijada con el pasar del tiempo, tan importante, que los obliga a reflexionar la totalidad de su ser. Y cuando deben decidir sólo cuentan dos opciones: ser espectadores o protagonistas. Si optas por ser sólo lo primero, vivirás quejándote toda tu vida; y al final de la misma, cuando le tomes el pulso a tu existencia, repasando aciertos y oportunidades pérdidas, comprenderás que el país no es una herencia de tus padres, sino un préstamo de tus hijos. Elijo ser protagonista. Y firmando esta nota se los digo políticos: este país crecerá el día que ustedes dejen de pensar en las próximas elecciones y comiencen a hacerlo teniendo en cuenta nada más y nada menos, que a las próximas generaciones.

Gastón Vigo Gasparotti