Los inundados
Cuando se produce una crecida del Paraná que preocupa a los isleños y a los habitantes costeros, recuerdo cuando el Club Rowing, el Alemán y los demás clubes de la costa de Alberdi, quedaron totalmente cubiertos por el agua que llegó a metros del Paseo ribereño.

Lunes 07 de Julio de 2014

Cuando se produce una crecida del Paraná que preocupa a los isleños y a los habitantes costeros, recuerdo cuando el Club Rowing, el Alemán y los demás clubes de la costa de Alberdi, quedaron totalmente cubiertos por el agua que llegó a metros del Paseo ribereño. Fue en la gran inundación de septiembre de 1983; aquella que en la siesta del día 28 destruyó el emblema de los santafesinos: el Puente Colgante. Los ríos litoraleños son pintores de bellos paisajes, pero también pintan con dramáticas pinceladas los cuadros tristes de las crecientes. Sea porque son abiertas las compuertas de la brasileña Represa de Itaipú; sea por las lluvias en la cuenca superior de los ríos Iguazú y Paraguay, o en el noreste argentino que acrecientan el caudal del Paraná; lo cierto es que los pobladores isleños y los habitantes de las márgenes, viven cada tanto situaciones complicadas. Si la lluvia se hace dueña y señora de la cuenca del Salado, viene a la memoria la tragedia de abril de 2003, motivada por el desborde que inundó casi la tercera parte de la ciudad de Santa Fe. Por su parte el río Uruguay, el “río de los pájaros” de Aníbal Sampayo, también suma cada tanto su cuota de inconvenientes en virtud de las precipitaciones en el sur de Brasil, que obliga a desagotar el exceso de agua en el lago de la Represa de Salto Grande. El Iguazú, periódicamente, además de incrementar como afluente el nivel del Paraná, da lugar a que la “Garganta del Diablo” haga honor a su nombre, por lo que deben ser clausuradas las clásicas pasarelas. Siendo importante su crecida, el citado Paraná obra como natural dique para la normal confluencia del río Paraguay allí, en la correntina Paso de la Patria, a 35 kilómetros de donde el “pariente del mar” de los guaraníes cambia de rumbo buscando el sur. Entonces sufren las consecuencias pobladores de la orilla formoseña. Pero tarde o temprano el agua se va, y pescadores, nutrieros, junqueros y carpincheros, vuelven nuevamente a buscar el caudal manso y arrepentido. Regresan siempre porque el río les acaricia el alma con un poderoso influjo; porque el destino los ata a los palenques ondulantes, al susurro eterno, a la pesca que les regala. Y siguen fieles al antiguo cauce que a veces les paga con ingratitud tanta fidelidad, convirtiéndolos una vez más en inundados; una lamentable condición que remite a la famosa canción que en 1960, compusieron Guiche Aizemberg y Ariel Ramírez.

Edgardo Urraco