Los intentos de suicidio
Rosario ocupó este miércoles, un sitial tristemente destacado en el podio de las noticias sobre hechos trágicos e insólitos. En efecto, una joven estuvo varias horas deambulando sobre la ambulancia de un servicio privado de emergencias que llegó sin demora...

Lunes 15 de Agosto de 2011

Rosario ocupó este miércoles, un sitial tristemente destacado en el podio de las noticias sobre hechos trágicos e insólitos. En efecto, una joven estuvo varias horas deambulando sobre la ambulancia de un servicio privado de emergencias que llegó sin demora, cuyos responsables trataron infructuosamente que fuera atendida en algunos de los efectores que correspondían a su obra social. La respuesta sistemática fue que no se atendían a personas que hubiesen intentado suicidarse. Es que la chica había ingerido un frasco de psicofármacos para provocarse la muerte; pero… ¿lo hizo de graciosa que era o para complicarle la vida a las clínicas de su prepaga? En realidad esa joven estaba doblemente enferma; por el cuadro en sí y por el estado emocional que la llevó a esa determinación suicida; pero por sobre todas las cosas… ¡estaba viva!; era una paciente, un ser humano y debía ser atendida. Las clínicas y sanatorios privados no suelen atender casos de intento de suicidio; por otra parte, los efectores públicos no reciben a pacientes que cuenten con obra social. Al parecer, todo está prolijamente establecido; no es una cuestión que se le ocurra a los médicos de guardia, quienes no hacen más que seguir estrictas directivas. Ahora bien… ¿y los derechos humanos? Este es un excelente momento para que inmediatamente después que termine esta extensa, vacía y aburrida campaña electoral que ha llevado al hartazgo a los ciudadanos, todos aquellos que se perfilen con claras posibilidades de acceder a una banca, piensen en legislar a favor de un sistema de salud más humanitario, y de abordar con valentía el tema de la problemática mental de mucha gente. Hay que desterrar esa idea no confesada de que “si se quiso matar, lo siento, que se muera de una vez… total es lo que buscaba”. De haber pensado de acuerdo a la filosofía institucional sobre los intentos de suicidio, el arrojado muchacho que hace unos días (sin saber nadar) le salvó la vida a un hombre que se quiso ahogar en el Paraná, hubiese dicho… “yo ni me molesto, si el señor se quiere morir, que se muera”. Si el caso de Belén sirviese para activar una profunda reforma en la difícil cuestión de la sanidad argentina, cuyas consecuencias son crueles, tal vez su familia encontraría una pequeña luz de consuelo en el oscuro camino de su inmensa pena.


Edgardo Urraco,
urracoweb@latinmail.com