Viernes 08 de Julio de 2011
Si nos guiamos por el listado de las designaciones oficiales, Rosario tiene aproximadamente noventa ciudadanos y ciudadanas ilustres (la última nombrada es Raquel Butazzoni que, aunque no muy conocida, fue fundadora del Hogar de Madres Solteras Primerizas). Cuando analizamos esa nómina no cabe ninguna duda que en general han sido personas destacadas en lo artístico, cultural, profesional o social. Pero el tema de reflexión es si en una ciudad tan grande como la nuestra son los únicos ilustres y si para ser encuadrado en esta categoría existe un mínimo de conductas a demostrar o acreditar. En lo personal creo que alguien puede ser ilustre, es decir digno, aún con pequeñas actitudes morales; si aceptamos esta premisa digamos entonces que los ilustres no son todos pero son muchos y sería bueno que dejasen de ser minoría. Estos ciudadanos suelen ser anónimos, humildes, sencillos o sin ninguna posibilidad que sus acciones trasciendan más allá de su círculo primario. Conozco algunos: la señora de limpieza que no faltó nunca a su trabajo desde hace quince años; el taxista que perdió dos viajes por devolver un simple paraguas; el profesor que ante una pregunta se atrevió a decir “no sé”, o el barrendero que cumple su tarea sin supervisores y sin gambetas a los papelitos cualquiera sea el clima exterior. Me dirán que esos actos no son suficientes para ser ilustre y posiblemente tengan razón, entonces yo los llamaría la buena gente, o los responsables, o los que no reniegan de los principios, o simplemente los honestos. Ellos no pretenden ningún diploma ni que se les brinden honores, sólo hacen lo que les parece correcto. Son aquellos para los cuales la honestidad no es un valor desteñido o pasado de moda sino una convicción de vida, los que no temen que por ser honestos algunos los consideren giles. Creo que todos conocemos algunas de estas actitudes que muchos califican como intrascendentes pero que para mí son manifestaciones de ciudadanos destacados cuyos “pequeños ejemplos” tendríamos que reconocer con particular estima y compararlos con los que ofrecen ciertos ídolos conocidos pero impuestos por una sociedad que no siempre valora a los verdaderos modelos.
Omar Pérez Cantón