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Los hombres de bigote y caño largo en Ezeiza de los años 70

La obra “Agentes del desquicio”, que sigue los sábados en la morada, permite observar la trama áspera de la genética argentina.

Sábado 22 de Junio de 2013

Se respira un aire entrecortado. De repente, todos somos cómplices y testigos de lo que sucede adentro de un cuartito, una suerte de búnker improvisado para observar mejor al enemigo y pegarle donde más le duele. Mientras tanto, el desastre allá afuera transcurre repartiendo balas a diestra y siniestra.

   En esa pequeña habitación al paso, la violencia política que marcó a fuego la historia de nuestro país nos muestra un costado, apenas un vértice de una tragedia de la que se cumplen 40 años.

   El acontecimiento brutal que tuvo lugar en Ezeiza el 20 de junio de 1973 sigue dejando abiertas un mar de heridas y muchos interrogantes. Casualmente -o no- este año Ezeiza aparece en tres montajes de la cartelera porteña y Rosario bien puede sumarse a esa seguidilla: “Agentes del desquicio”, que se presenta los sábados en La Morada, luego de ganar el Concurso de Coproducciones Municipales.

   La obra escrita por la dupla del prolífico dramaturgo Juan Pablo Giordano y dirigida por Pablo Fossa ya había trabajado sobre temáticas urticantes vinculadas a la disputa entre dos proyectos de país que a lo largo de la historia destilan sangre. “Argentina Arde” fue una saga de tres obras que presentaron hace cinco años, marcando un antecedente en el trabajo de esa sociedad artística.

   En esta puesta, Almada (Jorge Ferrucci) es un agente de caño largo, que irrumpe desencajado en la habitación.

    Su única obsesión es atrapar “zurdos”, cazarlos y reventarlos sin miramientos ni dilaciones.

    Sus ojos explotan en busca de sangre y venganza, el plomo de los años 70 está en cada uno de sus gestos y también en cada palabra escupida.

   Almirón (Gustavo Di Pinto) es un colega de Almada. Es la calma, el sigilo, el misterio. Habla poco pero es certero y contundente, derrocha seguridad hasta que se presenta Aguirre (Ariel Hamoui), el agente de inteligencia, que no está armado ni tiene bastante claro cómo empezaron los disparos, desde dónde y en qué momento.

   El germen de las Tres A, inscripto en los apellidos de esos tres hombres con bigote, se fermenta en un microclima que transcurre como refugio del afuera.

    Los tres hombres se cargan con lo más despreciable del ADN argentino: el enano facista que en esta historia está armado hasta los dientes.

    Sin embargo, son seres humanos que sienten, que gustan, que desean, que hasta muestran algunos costados que pueden llegar a la osadía de humanizarlos.

   Entre golpes de puertas y disparos perdidos, los agentes del desquicio traen a la rastra un botín de guerra, una joven a la que llaman Gutiérrez (Cecilia Lacorte), una muchacha que proviene de cierta clase media acomodada y termina involucrada en alguna de las organizaciones armadas que confluyeron en aquella movilización, la mayor concentración humana que recuerde la historia argentina.

   La llegada de Gutiérrez sube varios grados de tensión y contradicciones al clima, los hombres de bigote tienen una enemiga a su entera disposición. Más de uno quisiera tener hoy ese privilegio.

   La obra logra aproximarse a una vivencia real de aquella tragedia: la mirada de los agentes aparece en la ingenuidad de no tener la claridad de lo que está sucediendo afuera.

    En este sentido, el texto cuida hasta el último detalle y trata de evitar algún indicio que remita al juicio de valor del acontecimiento entendido como objeto de estudio, trata de distanciarse de la investigación del periodista Horacio Verbitsky, inevitable material de consulta para abordar el hecho.

   Entre infiltrados marxistas, películas de Leonardo Favio, canciones de Palito Ortega y Sabú y discursos de Perón, la cultura popular de los 70 sobrevuela en colores alrededor de una tragedia en blanco y negro cuyos efectos persisten en muchas divisiones del presente.

    La línea de cal que marcó la cancha en aquel invierno oscuro no se borró, en todo caso cambiaron los jugadores.

   En una puesta con muy buenos trabajos actorales y un relato que mantiene vivas las tensiones hasta el último minuto, la obra “Agentes del desquicio” es una propuesta que se retuerce en un costado poco explorado de nuestra historia, haciendo foco en esa trama áspera de la genética argentina, que hoy asume nuevas formas pero que serpentea en muchos discursos propagados como muletillas desde algunos medios de comunicación.

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