OPINIÓN

Los gobernantes que se aferran al poder

Una característica que se percibe durante todas las épocas de la historia de la humanidad, antiguas o modernas

Sábado 10 de Abril de 2021

Hace unos días Egipto sorprendió al mundo con el traslado por las calles de El Cairo de las momias de dieciocho reyes y cuatro reinas que fueron reubicadas en el Museo Nacional de la Civilización Egipcia. Los faraones, que gobernaron entre el siglo XVII y XII antes de Cristo, reposaban desde hacía más de un siglo en otro museo. Fue un acontecimiento nacional, transmitido a todo el mundo y denominado “El Desfile Dorado de los Faraones”. Los gobernantes del mundo antiguo no comprendían nada sobre recambio del poder y se mantenían en el trono hasta su muerte. Sin embargo hoy, a más de 3.500 años de aquella época, Egipto es gobernado por un militar que surgió tras un golpe de Estado y se ignora cuándo será el fin de su mandato.

Ya en nuestra era, para los reyes medievales europeos tampoco existía la posibilidad de dejar el poder una vez entronizados. Consideraban haber sido elegidos por Dios y ser sus representantes en la tierra. Tenían dominio absoluto sobre la vida y bienes de sus súbditos. Con la Revolución Francesa de fines de siglo XVIII comenzó el fin del absolutismo de las monarquías, que se transformaron en gobiernos parlamentarios en algunos casos. Sin embargo, en Rusia el zar Nicolás II, de la dinastía de los Romanov, permaneció en el trono hasta 1917 cuando la Revolución Bolchevique lo desalojó del Palacio de Invierno en San Petersburgo, la capital del imperio en ese entonces, y luego lo fusiló junto a toda su familia.

Buena parte de la historia de la humanidad parece estar signada por los absolutismos, los autoritarismos y la necesidad del ser humano de alcanzar el poder, de origen divino en muchos casos, y aferrarse a él hasta la muerte.

La modernidad, la constitución de los Estados europeos, la influencia del racionalismo en la filosofía y la lucha de los pueblos por vivir en libertad contribuyeron a la formación de las democracias.

Sin embargo, nada es tan lineal como para reducirlo en pocos párrafos, porque en pleno siglo XX el rebrote de los nacionalismos autoritarios generó el fascismo y aún hoy hay gobiernos teocráticos, reyes absolutos y dictaduras eternas.

También existen líderes políticos aggiornados a los nuevos tiempos que pretenden aferrarse al poder casi eternamente. Un caso es el del presidente ruso Vladimir Putin, que acaba de lograr la aprobación de una enmienda constitucional que le abre la posibilidad de ser reelecto por dos períodos presidenciales más. Si gana las elecciones, que se descuentan en un país donde el aparato del Estado es clave, Putin podría quedarse en el Kremlin hasta el 2036.

En China, el secretario general del Partido Comunista y presidente de la República, Xi Jinping, gobierna desde 2013 y el congreso partidario revalida el cargo cada cinco años, sin límites de reelección. Habrá que ver hasta cuándo se queda en el poder, aunque en el gigante asiático no ha habido largos mandatos.

Latinoamérica no está exenta de la debilidad del poder. Los dictadores militares como Pinochet o Stroessner pretendieron instalarse eternamente en el gobierno. La Junta militar argentina, que renovaba sus nombres por golpes internos, no se hubiera ido nunca de la Casa Rosada si no fuese por la derrota de Malvinas y la lucha popular.

Los gobiernos democráticos que les siguieron también fueron subyugados por el poder. Fue así que Carlos Menem pretendió ser re-reelecto pero no tuvo éxito en modificar la Constitución nacional para lograrlo, aunque siempre lo intentó en el contexto institucional de la democracia.

Gildo Insfrán, gobernador de Formosa, ejerce el cargo hace casi 26 años y antes fue ocho años vicegobernador. Cumplirá en diciembre 34 años en el poder.

En el norte del hemisferio, Estados Unidos ofreció hace unos pocos meses un espectáculo decadente. Donald Trump se resistía a dejar el poder pese a que había perdido las elecciones. Si bien sólo gobernó durante cuatro años, les resultaron insuficientes. Empleó todos los métodos posibles para que no lo sacaran de la Casa Blanca, incluso la incitación de las masas para que tomaran por asalto el Capitolio. Su desesperación por permanecer en el poder lo llevó a transgredir uno de los pilares de los Estados Unidos, que es su sólida democracia (sólo adentro de sus fronteras), que impidió que un desbordado Trump causara daños mayores.

¿Qué se siente con el poder? ¿Qué clase de seducción conlleva implícito?

Indudablemente es inherente al ser humano, como vimos en todas las épocas de la historia, el magnetismo que ejerce el poder y la dificultad de abandonarlo. El tema central es qué se hace con él, cómo se lo ejerce y en beneficio de quién.

Es famosa y muy repetida la carta del historiador británico John Acton que enviara a un obispo, en el siglo XIX, para refutar la intención de que el Papa o el Rey no tendrían que ser juzgados por sus actos como el resto de los mortales. “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, escribió.

La psicoanalista y psiquiatra Marie-France Hirigoyen cree que para ser político hay que ser narcisista, pero no necesariamente narcisista patológico. Así lo dijo durante una entrevista, hace unos meses, que concedió al diario español El País. “Hay que distinguir entre los tipos de narcisos: Freud habló del narcisismo como una etapa en el desarrollo del niño y habló de su majestad el bebé. Hay un narcisismo primario: el bebé dependiente y todopoderoso, que no distingue entre él y el mundo exterior. Luego está el secundario, cuando el niño se da cuenta de que hay un mundo exterior diferente a él y empieza a sociabilizar. Algunos individuos se quedan bloqueados en el narcisismo primario. Por ejemplo, Donald Trump, que ha sido caricaturizado cientos de veces por la prensa estadounidense como un bebé caprichoso en pañales y jugando con un balón, un balón que es el mundo”, explicó. Pero agregó que hay un narcisismo sano: “Según la teoría psicoanalítica el narcisista sano es el que tiene una muy buena imagen de sí mismo pero es capaz de aceptar las críticas”.

Corrupción, narcisismo del malo, intereses económicos, nepotismo y un sinnúmero de condicionantes promueven que muchos políticos se aferren al poder. Por suerte no son todos.

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