Viernes 08 de Octubre de 2010
¿Qué pasa últimamente que los días parecen más cortos, el mate se queda sin gusto antes de lavarse y uno tiene la sensación de estar llegando siempre tarde a ningún lado? ¿Eh?
Mientras la vida se acelera vertiginosamente girando como un perro supersónico que intenta morderse la cola como un salvaje capitalismo que en su afán por vender más y más le quita el gusto a la yerba para que el usuario se vea obligado a cambiarla más seguido y así tener que comprar más seguido, El Desubicado sale en busca de un pote de crema hemorroidal recomendado por la tele de su ciudad. Lo que aún no puede discernir es si ese mágico producto es una necesidad real o impuesta a través del dispositivo mediático publicitario que cada vez le dificulta más sentarse a ver la tele.
Está rara la calle por estos días: antes te mataban por un par de ojotas, pero ahora ni siquiera podés intentar huir de una banda de secuestradores sin que los vecinos te miren feo, te confundan a vos con un ladrón y se hagan los dolobus mientras tus captores te vuelven a apresar para encapucharte, meterte en un auto y hacerte aparecer en un baldío con un tiro en la nuca. Y ya no te salva ser blanco, adolescente e inofensivo. Y como si eso fuera poco, esos mismos vecinos después se expresan impunemente con cartas de lectores pidiendo por el retorno de la inquisición. ¿Hasta cuándo?
De pronto, El Desubicado se ve atrapado en una enorme licuadora donde todo gira como en un samba al ritmo de una canción de Quilme, la estrella pop del momento. Acostumbrado a mirar desde afuera / fiestas a las que nunca es invitado, / opta por quedarse, El Desubicado; / sabia decisión, habida cuenta/ de que nadie le había preguntado / si por la licuadora en cuestión / quería ser atrapado.
La fiesta de la licuadora tiene muchas atracciones aunque no es fácil distinguirlas. Son distintas, pero tienen el mismo gusto. Es como si todo fuera hecho con los mismos ingredientes.
"No son los ingredientes, es la receta", lo sorprende una voz que parece leer su pensamiento. "Oh, no —se lamenta El Desubicado— otra vez me mandaron a Yonatan Canabese, el asistente on line de esta columna".
—¿Qué hacé, cabeza?, ¿te perdiste? —saludaYoni.
—Ho-hola. No sé, de pronto me encontré en esta licuadora.
—Nos pasa a todos, tri-tri. Será porque, en el fondo, hay algo de esto que nos gusta.
Yoni lleva a El Desubicado de paseo por la licuadora, que gira como loca cada vez más rápido, con un bombo en negra a 180 beats por minuto y los flashes a mil, como toda atronadora fiesta punchi-punchi adentro de una licuadora que se precie de serlo. El asistente muestra entusiasmado las atracciones del evento: "Mirá ahí, en el escenario. Al final Amalia Granata y Aníbal Fernández armaron un dúo. Se terminó el monopolio de Pimpinela, ahora habrá pluralidad de voces".
—Pero ese gordito es... —señala confundido El Desubicado a uno de los músicos que acompañan al dúo.
—Sí, bichi, es Lanata. Ya jugó a ser historiador, humorista de varieté, documentalista, empresario de medios, hasta por noticia se hizo pasar. Y ahora está probando una de las pocas cosas que todavía no había hecho para resolver la angustia oral sin fumar: soplar el Clarinete.
—¿Y por qué lo hace? No se da cuenta de que desafina y sigue rodeado de humo...
—Seguro que sí, pero en esta licuadora no se escucha nada.
—¿¿¡¡Quééé??!!!!!
—¡¡¡Que acá todo da lo mismo!!! ¡¡¡Los 6, 7, 8 mercenarios y conversos que critican al gordo no le llegan ni a los talones!!!
—¿¿¿¡¡¡¡Cómo??!!! ¡¡¡No te escucho un joraca, Yoni!!!! —grita El Desubicado.
El asistente lleva a El Desubicado a un lugar menos bullicioso. Es un salón de usos múltiples donde hay una kermés en la que se dirime el futuro de la patria y en cuya entrada una ballena con turbante predice el futuro a cambio de alguien que le crea.
—¿Esos no son los del Bailando, Yoni? —señala El Desubicado a unos artistas en torno a un ring de pelea en el barro.
—Sí, pero son los que están practicando para la edición 2011.
—¿Entonces el grandote pelado no es la Mole Moli?
—No, es Bonfatti. Su sueño es la gobernación y viene con un excelente bailarín. Pero en este negocio el negocio no es que gane el mejor. Igual, Tinelli es el más imparcial en todo este puterío...
—Claro, ahora la onda es putearse con Tinelli de por medio mientras éste mira haciéndose el dolobu como si fuera un partido de ping-pong entre gatos...
—Y... así se juega en esta licuadora, por eso todo tiene el mismo gusto... Y Marcelo sería como el Sofovich del siglo 21...