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Los fondos buitres y el fin de ciclo

La cesación de pagos de la deuda en 2001 fue, junto con la salida de la convertibilidad y un cambio en el mercado internacional de commodities, una de las fuentes principales de energía del ciclo de expansión económica de la primera década del siglo.

Domingo 22 de Junio de 2014

La cesación de pagos de la deuda en 2001 fue, junto con la salida de la convertibilidad y un cambio en el mercado internacional de commodities, una de las fuentes principales de energía del ciclo de expansión económica de la primera década del siglo.

Es un dato duro que revela, más allá de las consideraciones místicas, cómo la salida de una de las mayores crisis económicas del país fue hija de una serie de decisiones económicas que las calificadoras económicas, los diarios financieros y los economistas de la city consideran herejías. Fueron, además, decisiones adoptadas por imperio de la realidad, de la crisis provocada por seguir a rajatabla las directrices de la ortodoxia.

La segunda lectura, en tal sentido, ubica a la clase política como portadora de un swap histórico entre la prisión que la ata al imaginario de los gurúes y las medidas que los acontecimientos le obligan a adoptar para evitar que el capitalismo argentino se hunda en la insustentabilidad.

La de la posconvertibilidad, con el default de Adolfo Rodríguez Saá como uno de los hechos fundacionales, es la historia de esa recomposición de la burguesía local a partir de un nuevo entramado político que ubicó valores ninguneados en la década anterior como vehículos centrales del nuevo período: el empleo, la producción, el mercado interno, la intervención del Estado en la tare de dinamizar la economía y un norte distinto en materia de inserción internacional, tanto en lo comercial como en lo financiero.

Este nuevo manual es el que permitió no sólo impulsar la reactivación de la economía sino también reestructurar y normalizar el pago de la deuda, al punto de llevar el pasivo nominado en moneda extranjera a la relación con el PBI más baja de la historia Argentina y entre los más bajos a nivel mundial. Esta posición financiera envidiable, para una economía que además cosecha dólares en abundancia por su inserción como abastecedor de alimentos en el mercado internacional, parecería a los ojos de cualquier analista sensato un seguro en sí mismo contra un nuevo default.

La historia del endeudamiento argentino está lleno de irregularidades, corrupción e inequidades que fueron acreditadas en distintas causas judiciales y, va de suyo, en abundantes foros políticos.

El imperio de las finanzas como forma hegemónica de la economía mundial es motivo de debate y denuncia permanente. La crisis desatada en 2008, precisamente en el corazón de ese mundo de negocios en base al endeudamiento, es el rostro monstruoso de ese proceso.

En ese mundo, y contra un relato que tiende a correr en paralelo con decisiones menos épicas, el gobierno se constituyó en un fiel abastecedor de liquidez de los inversores financieros, con una metódica disposición al pago de deuda, incluso más allá de lo aconsejable. El pago al FMI, puntapié inicial de una política de sobreactuación en materia de deuda pública, que llegó a crear expectativas negativas sobre la posición de reservas argentinas, fue la piedra de toque de la transformación de Argentina de un país defaulteador a un "pagador serial".

Poco ha ganado en crédito internacional el Estado y el sector privado argentino con esta vocación conciliatoria del gobierno de cara a los "mercados". Es sabido que la política real no se decide en un laboratorio de consignas. No es menos cierto, que la dictadura de un "sentido común" creado por analistas interesados es un camino seguro a la crisis. En ese punto intermedio entre los principios y las presiones reales, el verdadero drama es comprar como objetivos e inmutables escenarios, los que no lo son.

Como pagó sin revisar la deuda con el Club de París, como indemnizó a Repsol o como le pagó sin cortapisas al FMI, el gobierno puede decidir pagarle a los fondos buitres con la idea de que solucionará un problema gravoso, de que convalidará la vuelta a los mercados internacionales de crédito (los que no le prestan a la Argentina a pesar de su historia pagadora de los últimos años y su posición financiera) o de que se reconciliará con sectores de la población y del establishment que entienden que seguir los dictados de consultoras con nombres glamorosos que terminan con apóstrofe ese les garantizan un viaje al exterior todos los años.

Pero esa decisión no será consecuencia de un mandato divino. El default en el marco de no pagarle a los fondos buitres ni siquiera tendrá la magnitud del 2001. Si se toman las previsiones del caso, será un grupo de piratas financieros y sus "oyarbides" los principales perjudicados. No una esotérica posición de la economía del país en el mundo de las finanzas.

Los fallos a favor de inversores que compran bonos de países en quiebra para hacer negocios a través de los tribunales, y que en este caso particular comprometen el sistema mundial de reestructuraciones de deuda, constituyen la validación judicial de las patentes de corso en el sistema financiero. Es un aval similar al que se daría a las ligas de compradores que aprovechan los remates para crear un negocio inmobiliario a costa de los que se quedan sin techo. No se trata de la protesta de un jubilado italiano al que un banco de su país le vendió títulos de un país extraño. Son organizaciones que se mueven en los márgenes de la legalidad, que con una brutalidad manifiesta, intentan imponer un verdadero Versalles a la economía argentina, con una módica inversión original de 50 millones de dólares.

La arremetida de los buitres y el retorno de los escenarios en los que el riesgo país, la voz de las calificadoras y hasta los ex ministros endeudadores, son fuentes de verdad, anticipan un intento de forzar un fin de ciclo económico a nivel global. Pero, sobre todo, reivindican un discurso y un sistema político que parecía haberse enterrado en 2001.

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