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Los estrenos de cine bajo la lupa de Escenario

Pompeya, La Grande Bellezza y Nebraska son las tres películas que renovaron la cartelera en las salas de la ciudad.

Domingo 23 de Febrero de 2014

Pompeya

Calificación: ***. Intérpretes: Kit Harington, Emily Browning y Kiefer Sutherland. Dirección: Paul W.S. Anderson. Género: acción. Salas: Monumental, Showcase, Sunstar y Village.

Cine catástrofe de la antigüedad, podría llamarse a “Pompeya”. El filme se suma a la ola revisionista del pasado legendario y mitológico cuyo último exponente fue “La leyenda de Hércules”, actualmente en cartel. La película comienza unos días antes de la erupción del Vesubio, en el 79 d.C.,con el regreso a la ciudad de Cassia, hija de un poderoso constructor de obras públicas (acueductos, rutas, coliseos) al servicio de Roma. Los enormes beneficios económicos tienen un precio, y es el asedio que ejerce un gobernador corrupto y representante del emperador sobre la hija del comerciante. El problema, como en toda historia de amor épica, es que ella detesta a su poderoso pretendiente, y en cambio se enamora de un esclavo. En el medio hay conflictos secundarios como que el esclavo se la tiene jurada al gobernador desde que era un niño, cuando vio cómo mataba a sus padres y a toda su tribu celta, en la provincia de Britania. Con esos elementos el director inglés Paul W.S. Anderson, más conocido por la serie de “Resident Evil”, encaró así un proyecto ambicioso como es recrear con magníficos recursos visuales la época dorada del Imperio Romano y una tragedia histórica como la erupción que sepultó por casi dos mil años a dos ciudades, Pompeya y Herculano, todo eso atravesado por una historia de amor que lograse traspasar los siglos.

Por Rodolfo Bella / La Capital

La Grande Bellezza

Calificación: ***. Intérpretes: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari. Dirección: Paolo Sorrentino. Género: Drama. salas: Cines Del Centro y Showcase.

A partir de la historia de un escritor y periodista napolitano, inmerso en el seno de la frivolidad y la corrupción, el cineasta Paolo Sorrentino propone en “La grande bellezza”, una mirada cínica y poética a la vez de la sociedad italiana. La película empieza con cantos gregorianos y un cañonazo, en pleno amanecer romano, donde se ve a un ciruja durmiendo en una plaza, a un hombre que lava su rostro en una fuente y a una mujer tatuada que se prepara a bailar una versión remixada de “Far l`amore”, de Bob Sinclair y Rafaella Carra. Sorrentino y el coguionista Umberto Contarello inventan un alter ego llamado Jep, de larga experiencia, que llegó a los veintipico a Roma, que pasó los 60 y tiene la cualidad de poder meterse en cualquier lugar y ver más allá de lo aparente. Sin embargo, para Jep Gambardella, esa particular manera de ver el mundo le da tanta satisfacción como dolor: por un lado el placer de poder observarlo todo como un gran cuadro, una especie de puesta en escena a lo Brueghel en la que se tejen negocios, romances, y se mueven los hilos del poder, manejados por gente desesperada. Ricos de la noche a la mañana, políticos, mujeres de la alta sociedad, criminales, ladrones de guante blanco, periodistas, personajes de la farándula, vedettongas, prelados, intelectuales, de los verdaderos y los falsos, el vasto universo de una sociedad que se autoproclama moderna. Desesperanzado, Sorrentino muestra a Roma desde los ojos de un napolitano que la viene observando embelesado hace rato, finalmente convertida en un “un bonito cadáver”, una vieja y hermosa ciudad de perdedores que se creen ganadores, porque al fin y al cabo, como anticipa Discépolo en “Cambalache”, todos finalmente “allá e el horno nos vamo a encontrar”.

Por Claudio D. Minghetti / Télam

Nebraska

Calificación: ***. Intérpretes: Bruce Dern, Will Forte, Stacy Keach, Bob Odenkirk, June Squibb, Missy Doty, Kevin Kunkel, Angela McEwan, Melinda Simonsen. Dirección: Alexander Payne.Género: Drama. Salas: Showcase.

Un hombre mayor recibe una publicidad engañosa que le avisa que se hizo acreedor de un millón de dólares. Sin advertir la “letra chica” del aviso, y sin abrigar ninguna duda sobre su legítimo derecho, el viejo pretende cobrar su premio. El anciano sufre episodios de ausencia y es alcohólico, y ya entró de lleno en la etapa en la que los adultos abandonan cualquier tipo de freno y se expresan con absoluta crudeza. Integrante de uno de los estratos más bajos de la clase media norteamericana, el hombre convive con su mujer, una anciana que lo abruma con reproches y le recrimina su empecinamiento por viajar a una ciudad lejana para obtener el premio que cree haber ganado. El gastado núcleo familiar se completa con dos hijos adultos. Uno de ellos transita por un plano ascendente en su carrera como periodista televisivo. El otro se encuentra inmerso en el frustrante proceso de separación de su pareja y sobrevive con un empleo como vendedor de electrodomésticos. Alexander Paynelogra mostrar con crudeza uno de los costados menos frecuentados de “la familia americana” y toma la etapa final de la vida de una pareja de padres como plataforma para analizar las consecuencias de un sistema de vida que muestra demasiadas fisuras como para ser tomado como ejemplo. Cuando el hijo menor comprueba que su padre está llegando al final del camino, decide tomar el toro por las astas y darle el gusto de realizar el viaje para que cumpla con su último sueño y, además, para intentar compartir algo más que el apellido con su padre. Ambos inician un viaje que incluirá una parada en el pueblo natal del anciano, donde el reencuentro familiar desnudará, de distintas maneras, el desapego que caracteriza a los grupos familiares. En esa etapa, en la que el viejo se ufana de haber ganado un millón de dólares, surgen los intereses de sus viejos conocidos y de sus parientes: todos quieren ganar algo con su suerte. Filmada en blanco y negro, —recurso que le otorga a historia una pátina nostálgica conveniente para el carácter de “vuelta al pasado” que el director le imprime al filme, con recuerdos de romances, rencillas familiares y otras circunstancias que afloran en la visita del anciano a su pueblo natal—, la película es un fresco de una novedosa situación que afronta la sociedad occidental en la que cada vez hay más ancianos y las familias enfrentan el dilema de cuidar personalemnte a sus padres o internarlos en un geriátrico. También patentiza el abismo cultural que se abre entre aquellos que mantienen tradiciones y se apegan a normas sociales que hoy resultan absolutamente anacrónicas para las nuevas generaciones. Con un buen balance entre la comedia y el drama, Payne consigue redondear una buena película, con la descollante actuación de su protagonista y el efectivo abordaje de uno de los nuevos problemas a los que deben hacer frente de las sociedades occidentales.

Por Marcelo Menichetti / La Capital



 

 

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