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“Los docentes naturalizan la disfonía tanto como el uso del guardapolvo”

Lo dice la fonoaudióloga que coordina los Talleres de la Voz de Amsafé, por donde ya pasaron más de mil maestros. Recién hoy se percibe como problema. 

Lunes 23 de Marzo de 2015

Las aulas suelen ser el reino del griterío y la principal víctima de esa “batalla” sonora es el docente. Si será un problema, que en las encuestas ellos lo sindican como su principal padecimiento de salud, aun cuando paradójicamente lo creen algo normal y muchos lo soportan tomando corticoides por años. “Es que naturalizan la disfonía como el guardapolvo”, grafica la fonoaudióloga Nancy Cristaldo, al frente del programa de prevención conocido como Talleres de la Voz, que desde hace siete años organiza el Centro de Salud Luis Lescano, de la Asociación del Magisterio de Santa Fe (Amsafé). Por esos espacios, de duración trimestral, ya pasaron más de mil docentes. “Como un trabajo preventivo y para proteger a los compañeros, asumimos una responsabilidad de la que el Estado hasta hoy estuvo ausente”, afirma el titular de la seccional, Gustavo Terés. Para reparar esa deuda, que además causa ausentismo, este año el tema fue tomado por primera vez por el Ministerio de Educación provincial (ver página 9).
  En rigor, el centro de salud del gremio (Catamarca 2330) cuenta con un Area de la Voz hace una década, aunque los talleres arrancaron un poco después. Por año (y ya transcurrieron siete) pasaron por esos espacios entre 100 y 140 docentes, nucleados en pequeños grupos de diez o doce personas debido a la propia dinámica de trabajo.
  Los talleres —de 90 minutos semanales, dictados por fonoaudiólogos y psicólogos— se organizan en diferentes distritos de la ciudad: el centro, el sur, el norte y el oeste. También se ofrecieron en localidades cercanas, como Villa Gobernador Gálvez, Arroyo Seco y Granadero Baigorria.
  La responsable del programa es Cristaldo, que ya había trabajado con la problemática en España y hace siete años se sumó al Area de la Voz de Amsafé.
  Las incumbencias del área incluyen rehabilitación, prevención primaria (charlas) y prevención secundaria, es decir, los propios talleres. En esos espacios, aparte de brindarse información sobre el “aparato fonador”, se trabaja especialmente “con el cuerpo y en forma práctica, con técnicas de la voz aplicadas al aula”, explica la profesional.
  No por casualidad, puntualiza la especialista, de cada diez participantes de los talleres, sólo uno llega sin patologías.

Vulnerables. De hecho, la docencia no es la única profesión que usa la voz como herramienta de trabajo. Cantantes, actores y locutores también lo hacen, pero a diferencia de los maestros y los teleoperadores (otros severamente afectados), ellos sí reciben entrenamiento específico.
  En cambio, salvo excepciones muy puntuales (como charlas ofrecidas por el gremio o algún abordaje desde la cátedra experimental Cuerpo y Movimiento), en su formación los docentes carecen de tramos o asignaturas que aborden el tema, medularmente ligado al ejercicio posterior de la profesión. “Es como si un guitarrista no supiera cómo tratar una guitarra”, ejemplifica Cristaldo.
  “Claramente, los profesorados deberían tener materias donde se brinde información sobre la voz y técnicas para su correcta utilización”, asegura.
  Pero como eso no ocurre, lo que sí se ven son los efectos. Carraspera constante, molestia en la garganta, fatiga vocal con pérdida al final del día y disfonías que, por la sobrecarga de la voz sumada al polvillo y otros factores ambientales, suelen llevar a una afonía total, son algunos de los síntomas que refieren los docentes.
  Y allí se produce una paradoja: mientras que en las encuestas los maestros “rankean” a esos síntomas en el primer puesto de sus problemas de salud, seguidos por el malestar psicológico, várices y dolores posturales, eso no siempre se traduce en licencias médicas por la “naturalización” del inconveniente.
  Según explica la fonoaudióloga, esos problemas (el más usual, la “hipotonía cordal”) suelen causar disfonías funcionales, aunque eventualmente también pueden derivar en patologías orgánicas (de carácter benigno), como “pólipos, nódulos y edemas”. Por eso,  señala, se aconseja a maestros y profesores visitar anualmente al otorrinolaringólogo.
  A tal punto es frecuente el problema, afirma por su parte la secretaria de Asuntos Sociales del gremio, Paula Nardini, que “ya se le planteó al ministerio como un punto que hace a las condiciones de trabajo” y por eso el pedido es que se trabaje desde los profesorados. “En los terciarios vimos un dato que nos dejó helados: de 150 alumnos encuestados, 120 ya refirieron tener alteraciones en su voz”, advierte.
  Para mejorar el panorama, Cristaldo menciona algunas prioridades: que el docente se “reconozca como profesional de la voz”, que maneje información sobre el tema (“conocer el instrumento vocal como herramienta de trabajo ayudaría a reducir las patologías posteriores”) y que “utilice la licencia” específica que existe para las enfermedades de la voz.
  De hecho, esas alteraciones figuran entre las únicas tres que reconoce la ley 24.557 (de 1996) como “enfermedades laborales” para la docencia. Las otras son la hepatitis A y, para los maestros rurales, el hantavirus y el mal de Chagas.
  En Santa Fe, si el problema entra en la categoría de enfermedad ocupacional, es cubierto integralmente por la Dirección Provincial de Autoseguro de Riesgo de Trabajo (Dipart). Si no, el docente puede atenderse por su obra social Iapos (que reconoce 24 sesiones de fonoaudiología anuales).
  Obviamente, no es sólo cuánto se habla y a qué volumen, recuerda Cristaldo, ya que en las escuelas también juegan fuerte factores ambientales como el nivel de ruido (arriba de 60 o 65 decibeles por aula, “donde ninguna voz puede competir”), la pésima acústica escolar y la presencia de tinglados en ocho de cada diez escuelas, una situación que padecen especialmente los profesores de educación física.

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