Jueves 27 de Marzo de 2014
Los desaparecidos de hoy no forman parte de un ejército irregular, ni desean tomar el poder. No son acreedores a monumentos ni a museos de la memoria. No reciben sus familiares suculentas indemnizaciones ni cargos públicos. Sólo la cantidad de muertos producto de la delincuencia en la Argentina equivale a tres guerras de Malvinas al año y suman, según las propias estadísticas oficiales, en dos décadas, la friolera de 54.000 muertos. Es decir un estadio de fútbol, de los más grandes, bien completo. Y a esta cifra, según los expertos, hay que multiplicarla por diez si se abarca la gente que ha quedado discapacitada, herida, destruida física, material o espiritualmente. El libro "Nunca Más" reporta 7.383 desaparecidos durante los dramáticos siete años de la dictadura militar entre 1976 y 1983. Hoy, en tres años o menos aún, las muertes violentas alcanzan esa cifra. El fiscal Guillermo Camporini afirmaba días pasados, a través de La Capital, que en Rosario en lo que va de 2014 se produce una muerte violenta cada 18 horas. Si la ciudad continúa esa tendencia ingresará a finales de año en la lista de las treinta ciudades más violentas del mundo. A su vez, según la OEA, la Argentina tiene el índice de robos más alto de América. Terrible e impensada realidad. Ante esta situación cabría esperar medidas firmes que otorguen seguridad a las familias trabajadoras y castigo a los que matan, violan y delinquen. Pero no. A nivel nacional el gobierno propone reformar el Código Penal para, acorde a las teorías abolicionistas de Raúl Zaffaroni, bajar o directamente eliminar penas y agravantes, eliminar la reincidencia y minimizar los castigos en cuestiones clave como narcotráfico y trata de menores. A nivel provincial un ex gobernador propone crear "un observatorio del delito" y a nivel municipal aparece una nueva estructura burocrática superpuesta a la policía provincial y a la famosa GUM, llamada "Policía Comunitaria" que comenzará a efectuar "recorridas de sensibilización". De asumir la autoridad y actuar con la firmeza, profesionalismo y estrategia que el caso requiere: nada. Es que están desaparecidos el coraje y la vocación de servicio cívico, desaparecidos los valores y el funcionamiento de las instituciones ha sucumbido bajo la enredada marea del pensamiento "progresista". Desaparecida al fin la república y sus sabios equilibrios que defienden a las personas de los recurrentes abusos, abandonos y desvíos del poder de turno. El modelo de derechos y obligaciones, de premios y castigos sobre el que se basa cualquier contrato social ha sido reemplazado por otro pleno de excesos autoritarios, corrupción, acomodos y prebendas. Cualquier encuesta actual que se tome en cuenta revela que la mayor preocupación de la población es la inseguridad y sus nefastas consecuencias en muertos, sueños frustrados y familias destruidas. Pero los políticos no hacen nada o peor, lo hacen en sentido contrario. La indiferencia del estado espanta, la representatividad colapsa. Y una enorme cantidad de gente queda así, desorientada, desamparada, desaparecida en vida, presa en libertad. Estos son los desaparecidos de hoy, seres invisibilizados para el Estado y los poderosos. Obligados a todo y con derecho a nada. Seres que no importan, que quedaron fuera. Hoy un desaparecido es un pibe al que le roban la mochila o la bici o sus sueños. Un jubilado que muelen a palos y matan en el baño de una estación de tren. Un comerciante de barrio o taxista asesinado por dos pesos. Una chica violada y tirada a la basura. Una señora o señor mayor que ya no puede ni pensar en salir a la calle. Es usted que lee esto y vive con angustia y miedo. Toda una cultura, un sistema de valores y forma de vida en la que fuimos criados, zozobra y se ve reemplazada por otra peligrosamente cercana al "vale todo". Se oscurece el horizonte para nuestros hijos y de nosotros depende que no desaparezca también la esperanza. No hay que inventar nada nuevo, sino volver a poner en funciones el olvidado y vapuleado sistema republicano, su sabio juego de normas y contrapesos. Ojalá una nueva camada de dirigentes lo comprenda.
Miguel J. Culaciati