Viernes 17 de Febrero de 2012
El procedimiento de "corte de ruta" como forma de denuncia y presión social, ha puesto en evidencia una característica de la sociedad en que vivimos, que tiende a pasar desapercibida: la elemental ausencia de solidaridad. El corte, para bien o para mal, tiene la gracia de convertir un problema sectorial en un problema general. Lo que es problema de algunos pasa a ser problema de todos, o de muchos. Así surgen las airadas reacciones de aquellos que, sin tener aparentemente nada que ver con el conflicto, se ven perjudicados por los cortes, demorados o impedidos de libre circulación. Las protestas más enérgicas provienen de sectores dinámicos de la clase media: personas muy atareadas, movilizadas por imágenes de enriquecimiento o mejora de sus condiciones económicas en general. Muchos de ellos creen haber encontrado el modo de subir en una escala donde el dinero es el valor central. Parece claro que en líneas generales para este sector social la solidaridad es algo inexistente. La conducta de estos sectores puede definirse con dos conceptos: trabajo e individualismo. El valor del primero se inculca de manera explícita en la sociedad (y estoy de acuerdo en que así sea), mientras que el valor del segundo se inculca en forma larvada. El individualismo se inculca en las actividades estudiantiles, deportivas, laborales. Desde los primeros años se incentiva la llamada "sana competencia", y con ella, se incentiva el individualismo. Desde muy temprano aparecen los "ganadores" y los "perdedores", y sucede que luego esta dialéctica se extiende como juicio sobre el valor de la vida humana en general, y de una vida humana en particular. En las sociedades donde el individualismo es más marcado (por ejemplo en Estados Unidos), este modo de etiquetar a las personas es moneda corriente. "No es mi problema", dirá luego el individualista, cuando se le mencione una situación de pobreza particular. El individualista no puede, ni quiere, pensar en los demás. En una sociedad solidaria, el problema de algunos debería ser el problema de todos. Pero estamos muy lejos de eso: vivimos en un mundo donde el 2 por ciento más rico de la población posee el 50 por ciento de la riqueza total, mientras que el 50 por ciento más pobre tiene que subsistir con sólo un 1 por ciento de esa riqueza. Esto constituye una monstruosa situación de violencia económica, ejercida sobre más de 3.500 millones de seres humanos. En resumen: los cortes de ruta son violentos, pero no más violentos que la sociedad en la que tienen lugar.
Daniel León Rosario