Lunes 16 de Enero de 2012
Natalia, de 13 años, dice que aprendió unas palabras de francés porque le gusta cómo suena. Jonathan, de 5, es capaz de repetir una complicada coreografía sin equivocarse ni una sola vez. Yamila, de 14, quiere ser abogada y por eso no se lleva ni una materia. Macarena, de 3 y medio, ya sabe leer. Los chicos son así, son capaces de muchas cosas lindas, son capaces de todo. Lo triste es que a veces la cigüeña los deja un par de cuadras más acá, un par de cuadras más allá, y esa Natalia, ese Jonathan o Macarena terminan empujando un changuito con cartones o vendiendo pañuelitos en la peatonal a la hora en que otros chicos disfrutan de su infancia, mudándose de barrio porque a su hermano una bandita se la juró, con el padre o la madre presos o ausentes, con diarreas de días enteros por el estado del agua. Y aún si quieren superarse y salir adelante, igual les puede pasar como al Mono, Patón y Jere, los pibes que murieron en una balacera absurda, de las que hay regularmente en los barrios plagados de drogas, corruptela policial, violencia y desprotección. Un círculo que no se cierra nunca. Repito, entonces, el lema que todos deberíamos tener grabado: "Los chicos no son peligrosos; están en peligro". Si cada vez más personas entendemos esto, estaremos más cerca de reparar esas cosas arbitrarias que tienen las cigüeñas cuando te dejan en lugares en los que se hace imposible cumplir cualquier sueño, y ya estás condenado de antemano.
Carolina Contino,
DNI 24.863.093