Domingo 12 de Junio de 2011
La fiebre por el oro, intensificada por la crisis económica mundial, se ha convertido en la tragedia de la selva amazónica, enfrentada a la deforestación y a la contaminación del aire y sus fuentes de agua con toneladas de mercurio tóxico.
A medida que el precio del oro rompe récords internacionalmente al ser considerado una opción de inversión más segura, la cantidad de mineros independientes en la provincia peruana de Madre de Dios se ha expandido a 40.000. Como resultado, el aire se contamina, los árboles son talados y las grietas que surcan la superficie son tan descomunales que pueden ser detectadas desde el espacio por satélites.
El oro de este lugar comprende una quinta parte de la producción nacional peruana, unas 175 toneladas métricas que han convertido al país en el quinto productor a nivel mundial. Pero es una labor sumamente peligrosa, y además ilegal.
"Extraer una onza de oro cuesta 400 a 500 dólares y hay una rentabilidad de 1.000 dólares por onza de oro", dice el ministro del Ambiente de Perú, Antonio Brack. En apenas una década, el valor del oro se ha triplicado.
La situación se repite en decenas de países en todos los continentes -menos en Europa y la Antártida-, donde la tierra es trabajada para extraerle el oro y donde obreros empobrecidos trabajan para oportunistas inescrupulosos.
Los intentos de los gobiernos por controlar la situación han resultado inútiles.
Colombia y Ecuador han realizado operativos antiminería en el último año -militares ecuatorianos destrozaron con dinamita 67 piezas de maquinaria pesada el mes pasado-, pero una vez que las autoridades abandonan la zona, los mineros regresan. En Madre de Dios, la producción ilegal se realiza sin registro, sin regulación y en tierras públicas concedidas por funcionarios locales que a veces se enriquecen en el proceso.
A medida que la actividad crece, maquinaria pesada de marcas como Caterpillar o Volvo ha llegado a la provincia, cuyas zonas más recónditas supuestamente albergan a tribus totalmente aisladas del resto de la humanidad.
En febrero, la armada peruana destrozó con dinamita 13 dragas ilegales que estaban contaminando el río Madre de Dios asfixiando plantas y animales. Miles de obreros protestaron y bloquearon la única carretera de la zona, y por lo menos tres personas murieron baleadas por policías enviados desde Lima.
En vez de tratar de expulsar a los mineros, el gobierno decidió tratar de “formalizar” su operación, que ha devastado más de 180 kilómetros cuadrados de selva en Madre de Dios.
“En la práctica no pasó nada. Intervenieron a un pequeño porcentaje de las dragas de riveras del río, que no son necesariamente las que más que afectan al medio ambiente”, dijo Pavel Cartagena, un activista que recientemente regresó a la capital de Madre de Dios, Puerto Maldonado, luego de haber salido por un año debido a amenazas de muerte.
Brack dice que el operativo sirvió como advertencia para los políticos locales que se estaban beneficiando con esta actividad ilegal.
“En el 2010, el director regional de minería tenía su empresa minera, su segundo tenía, su mujer tenía, su hermana tenía, la hermana de su segundo, y todos estaban metidos, ¿quién cree que van a controlar algo?”, dice Brack.
La provincia está orgullosa de su biodiversidad, y es un popular destino turístico gracias a la amplia variedad de monos, pájaros y serpientes que hacen de ella su hábitat. Pero sus tierras lucen desgarradas por cuajos, abiertos por obreros mineros que utilizan mangueras de alta presión para extirpar los minerales del suelo.
Y eso no es todo. Para sacar las partículas de oro, que suelen ser del tamaño de un grano de arena, usan mercurio, porque es la manera más fácil y económica. La sustancia se filtra en el subsuelo, contaminando el aire y el agua, envenenando paulatinamente a los habitantes, las plantas, los animales y los peces, según estudios científicos.
La mayoría de los obreros son inmigrantes paupérrimos de otras provincias. Su llegada ha duplicado la población local desde la década de 1990. Algunos son delincuentes, otros son menores de edad vendidos por sus padres, dice Feliciano Coila, un abogado que trabaja para los servicios de protección infantil del estado.
Los más ambiciosos ansían vender suficiente oro para pasar de ser peón a subcontratista, con lo que pueden reunir una cuadrilla, comprar maquinaria y comprar una parcela.
La mayoría de los mineros viven en ciudadelas improvisadas en medio de la jungla.
Una de las más establecidas es la llamada Delta 1, ubicada cerca del río Puquiri. Allí se llega cruzando el río Inambari en canoa, atravesando un camino de tierra adyacente a una arenosa banca fluvial que luce desolada por la actividad minera. Ahí viven aproximadamente 6.500 personas, sin agua corriente, electricidad, desagües ni policías, pero abundantes tiendas de maquinaria, abastos y burdeles.
Un poblado más antiguo, Huepetuhe, está flanqueado por montañas de desechos en un área de unos 2 kilómetros de ancho y casi 20 kilómetros de largo.
Huepetuhe, fundada en los años 1980, tiene agua corriente desde hace apenas unos meses, pero siempre tuvo dos calles plenas de prostíbulos, que están situados frente a un extenso relave de barro ocre proveniente de las minas adyacentes.