Logran descifrar parte del genoma del niño inca hallado en Mendoza en 1985
Hallazgo antropológico. Los restos que datan de 1500 evidencian que el pequeño, oriundo de un grupo poblacional aparecido hace 14.300 años, fue sacrificado.

Viernes 13 de Noviembre de 2015

Un equipo internacional de investigadores, liderado por el español Antonio Salas, de la Universidad de Santiago de Compostela, logró descrifrar parte del genoma de la momia de un niño inca que fue sacrificado hace 500 años en un ritual, informó ayer la revista Scientific Reports.
  La momia del niño de siete años había sido encontrada en 1985 por un grupo de montañistas mendocinos en el cerro Aconcagua, la cumbre más alta del continente americano con 6.961 metros. El pequeño fue seleccionado para una ceremonia religiosa para la cual eran escogidos los niños más lindos y sanos, conocida como Capacocha.
  De acuerdo con Salas, “es la primera vez que se analiza el genoma de una momia andina”. El niño es oriundo de un grupo poblacional que apareció hace 14.300 años en Perú.
  Los autores consiguieron identificar en el perfil genético de la momia un nuevo linaje (haplogrupo) bautizado en este estudio como C1bi, que no había sido identificado previamente en poblaciones contemporáneas. Utilizando otra base de datos de más de 150.000 haplotipos (variaciones de ADN que tienden a ser heredadas conjuntamente), encontraron que podría haber miembros afines a este linaje C1bi viviendo en Perú y Bolivia en la actualidad.
  La muestra de tejidos analizada fue extraída a la momia hace unos 20 años y se conservaba hasta ahora en una cámara de frío en la provincia de Córdoba, que pertenece al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF).
  “Un análisis del genoma entero de la momia podría revelar información sobre multitud de cuestiones relacionadas con las enfermedades o características físicas del niño incaico”, explicó Salas.
  El investigador del EAAF Carlos Vullo, que participó en el análisis del genoma de la momia, espera ahora que haya también avances en otros ámbitos.
  “En esos casos con material crítico a veces no se obtienen resultados”, dijo Vullo a DPA. “El hecho de poder obtener resultados en una muestra antigua abre las puertas en el área forense para muestras degradadas”.
  El imperio inca se extendió del actual Perú hasta el norte argentino y concluyó con la muerte del inca Atahualpa en manos de conquistadores españoles en 1533. Decenas de momias de niños han sido encontradas en los Andes, muchas de ellas bien conservadas por la altitud de la montaña.
  La momia analizada por el equipo de investigadores es propiedad de la Universidad Nacional de Cuyo (UNC), en Mendoza. Según dijo Roberto Bárcena, director del Instituto Etnológico de la UNC, “dado el estado de la momia”, no les pareció adecuado exhibirla en público.

Linaje desaparecido. Los resultados de la investigación muestran que el niño perteneció a un linaje humano que se formó hace unos 14.300 años y que ya no existe. También, respaldan los últimos estudios genéticos con americanos actuales que sostienen que los primeros humanos americanos provinieron hace 15.000 años desde Siberia.
  El grupo de Salas no ha leído el genoma nuclear, el libro de instrucciones presente en el núcleo de cada una de las células, sino el ADN residual que existe en las mitocondrias, los orgánulos que generan energía para la célula. El ADN mitocondrial se hereda de madres a hijos y es muy útil para averiguar si dos personas están emparentadas. “El linaje de este niño entró por el norte de América, evolucionó y desapareció, lo cual no es sorprendente, porque la mayoría de los incas murió tras su contacto con los europeos, por enfermedades como el sarampión, la gripe, la viruela o la difteria”, explicó Salas.
  Los científicos pueden reconstruir el pasado comparando genomas. En julio, otro equipo liderado por el genetista Eske Willerslev, de la Universidad de Copenhague (Dinamarca), concluyó que los primeros americanos proceden de un grupo que partió hace 23.000 años de Siberia y se quedó aislado durante 8.000 años en Beringia, una lengua de tierra ahora inundada entre Rusia y la punta noroccidental de América.
  “Toda la variedad genética americana surge de la incubación en el estrecho de Bering (Beringia) y entró en varias oleadas. El linaje madre del niño inca data de hace 18.300 años y el de la momia es una rama”, explicó Salas. Es la primera vez que se lee el genoma mitocondrial entero de una momia americana.
  Los investigadores han utilizado una pequeña muestra tomada en su momento del pulmón del niño. La momia completa “sigue custodiada por la Universidad Nacional de Cuyo, congelada a 20 grados bajo cero”, señaló Salas.
  El siguiente objetivo de los investigadores es analizar el genoma entero de la momia y, sobre todo, su microbioma: el ADN de los microorganismos que vivían en el interior del niño y que pudieron modificarse con la llegada de los europeos y sus enfermedades.

Los escaladores que lo hallaron  creyeron que era un cóndor

El niño inca fue hallado por cinco andinistas mendocinos, Alberto y Franco Pizzolón, Juan Carlos y Fernando Pierobón, y Gabriel Cabrera, el 8 de enero de 1985.
  Los escaladores habían salido en una de las varias expediciones de ese día para conmemorar el cincuentenario del Club Andinista de Mendoza. “Primero encontramos una pirca de piedras y nos llamó la atención porque era un montículo que se diferenciaba del resto de la superficie. Después vimos plumas y pensamos que se trataba de un cóndor muerto. Pero cuando vimos un cráneo humano, nos dimos cuenta que habíamos encontrado algo importante”, recordaron.
  “Nosotros salimos por el filo sudoeste, con la idea de completar la misma expedición que había dejado inconclusa el teniente Ibáñez en 1953 y que nadie había hecho completa. Fue todo un desafío”, recordó Gabriel Cabrera (59), quien por aquella época tenía 29 años y compartió el grupo con los hermanos Pierobón y los Pizzolón.
  “Encontramos dos formaciones de piedras que rompían con el paisaje. Creímos que era un cóndor, hasta que vimos el cráneo”, recordó Juan Carlos Pierobón (58) sobre el hallazgo.
  “Nevaba todos los días y el tiempo no era bueno, por lo que decidimos bajar por una cuestión de seguridad. Pero Gabriel decidió seguir”, contó Fernando Pierobón (62).
  “Ya en Puente del Inca comentamos sobre el hallazgo al médico que iba con el grupo del Club Andinista, Ernesto Fiorentini, y él nos recomienda contarle de la momia al arqueólogo Julio Ferrari, quien luego nos contactó con Juan Schobinger, ya fallecido, quien comandó el equipo de arqueólogos que examinaron a la momia días después”, dijo Pierobón.
  El 23 de enero, 15 días después del hallazgo, Alberto, Juan Carlos y Gabriel regresaron al sitio, esta vez acompañados por Schobinger, Ferrari, el arqueólogo Víctor Durán y algunos periodistas. “Nos habíamos quedado con un gran signo de pregunta sobre qué habíamos encontrado”, acotó Franco Pizzolón (53).
  Ya en el lugar, retiraron la momia (que estaba cubierta de un bloque de hielo y pesaba 30 kilos) y la acomodaron en un carguero envuelta en lienzos. “Se venía el mal tiempo y teníamos que hallar el ajuar (elementos sagrados con el que solían enterrar a las personas sacrificadas). No podíamos quedarnos mucho más y, vaya uno a saber por qué, Alberto empezó a cavar en un lugar hasta que vimos algo rojo. Llamamos a Durán y a Schobinger y rescatamos una bolsa con seis objetos (tres llamitas de oro, plata y corteza y tres figuras de Inca)”.