Lo que rodeó al foco de atención
El color de una jornada clásica, en la que no hubo vencedores ni vencidos.

Lunes 14 de Septiembre de 2015

Cuando el triunfo no aparece para potenciar ánimos, tampoco hay derrota que se materialice en desazón. La tarde de ayer en el Gigante de Arroyito tuvo algo de eso. Por supuesto con los colores azul y amarillo, precisamente por esta ausencia del público visitante, al que el fútbol argentino se acostumbró desde hace ya un par de años. Fue una fiesta antes y durante para los canallas. Algo de resignación después, con un mínimo dejo de conformismo. Hubo sí algo más de conformismo del otro lado, de un Newell’s que llegó a Arroyito, a las 13.40, sin sufrir inconvenientes y que se fue cuando ya nadie quedaba en el estadio, a las 18.36, también bajo una fuerte custodia policial y sin que se suscitaran mayores problemas. ¿Lo de adentro? Una típica puesta en escena de un clásico tan visceral como el rosarino, con una muchedumbre que se apersonó desde temprano en el Gigante, lo que ocasionó que algunas puertas se cerraran con mucho tiempo de antelación (ver aparte).
  Los planteles llegaron con pocos minutos de diferencia al estadio. Primero lo hizo Central, lo que no revestía miradas demasiado finas por tratarse del local. Sí estaba la incógnita y el trato que podía recibir la otra delegación, la de Newell’s. El interno 3124 de la empresa Chevallier necesitó una sola maniobra (a muchos micros suele costarle mucho más) para entrar de culata en el playón de estacionamiento, donde ya aguardaba inflada la manga que se había acordado desplegar para que el plantel y la comitiva leprosa tuvieran el mínimo contacto con los hinchas canallas, que igual se despacharon con insultos desde las tribunas.
  Directo al vestuario visitante. Ahí comenzaron los cánticos de un centenar de plateístas que antes de ir a tomar sus lugares se despacharon frente a las ventanas de los camarines. Pocos minutos pasaron cuando la rechifla dentro del estadio se hizo generalizada. Fue a las 13.50. ¿Qué pasó? La mayoría de los jugadores de Newell’s pisó el césped para reconocer el campo de juego, pero básicamente para ir entrando en clima y que en la salida, ya con la ropa de fajina, no hubiera nada que los tomara de sorpresa. Siete minutos después, el último futbolista se metía ya en la manga.
  A esa altura la tensión ya iba en aumento. Se acercaba la hora de la emoción máxima: el pitazo inicial. Igual hubo tiempo para otra catarata de insultos por parte de los hinchas canallas, que fue a las 14.27, cuando Ezequiel Unsain y Nicolás Temperini, arquero titular y suplente de la Lepra respectivamente, volvieron a meterse al campo de juego para realizar los movimientos precompetitivos (en ese mismo momento ingresó también la terna arbitral a moverse un rato). Un hostigamiento lógico, remitido sólo a las palabras. Nada más que eso. Es que mientras eso sucedía la mayoría de los hinchas se entretenían con las imágenes que por la pantalla gigante se reproducían de los goles de los triunfos en los últimos cuatro clásicos. Donatti, Encina, Niell, Nery Domínguez y Marco Ruben, los actores principales.
  Pero claro, la temperatura iba en aumento al mismo ritmo que las pulsaciones. Y el Gigante de a poco fue cambiando la fisonomía, ya con algunos papelitos que volaban y bombas de humo que se fueron abriendo. Hasta que llegó el momento más caliente, que incluyó la silbatina para Newell’s (fue el primero en ingresar) y el estruendo cuando el Canalla (demoró bastante la salida) hizo su aparición en el campo de juego.
  Un saludo de cortesía de Eduardo Coudet a Lucas Bernardi, y un abrazo sentido entre el Chelito Delgado y el DT leproso, fueron los únicos gestos de confraternidad antes de 90 minutos tensos, jugados más con el corazón que con la cabeza para un empate justo.
  Los reproches de los hinchas, según su criterio, a la forma en la que Newell’s planteó el partido fueron la vía de escape que encontró la gente en las tribunas. El quinto triunfo consecutivo sobre el rival de toda la vida no había podido cristalizarse en el resultado. Por eso tal vez se entienda también el festejo que ensayaron los futbolistas rojinegros una vez que ingresaron al vestuario (hubo saltos, cánticos, aplausos y abrazos).
  Y con todo eso se cerraba la jornada clásica en Rosario. Esperando aún por la salida de la comitiva rojinegra, que fue también en calma. Llegaron al micro otra vez surcando la manga de protección y de allí una salida, a contramano, por avenida Centenario (continuación de bulevar Avellaneda). Fue la última imagen de un domingo clásico sin vencedores ni vencidos.