Lo que aprendí cuando murió mi hija
Cuando murió mi hija aprendí que una criatura de cinco años puede ser más sabia y más fuerte que un adulto. Que sabe sobrellevar una terrible enfermedad con el mayor optimismo, no pensando en mañana sino viviendo siempre el hoy. Aprendí que gente que vive 100 años puede no dejar las marcas, la estela de luz que puede dejar una criatura.

Domingo 27 de Marzo de 2011

Cuando murió mi hija aprendí que una criatura de cinco años puede ser más sabia y más fuerte que un adulto. Que sabe sobrellevar una terrible enfermedad con el mayor optimismo, no pensando en mañana sino viviendo siempre el hoy. Aprendí que gente que vive 100 años puede no dejar las marcas, la estela de luz que puede dejar una criatura. Mi hija vivió en cinco años lo que yo no viví en 36. Lo aprendió todo rápido y se fue. Seguramente, todo esto que ahora estoy viendo, ella ya lo había visto, y lo había entendido mejor que yo. Le tenía miedo a las ambulancias, a los truenos, a los médicos y a Papá Noel. Sin embargo, enfrentó la muerte solita, antes que yo, sin mí. Aprendí que esta vida es corta, tan corta que puede durar sólo cinco años. Por eso definitivamente sé, hoy más que nunca sé, que no se trata de cantidad sino de calidad. No sé si conocí o conoceré a alguien tan intenso como "mi beba". Tan apasionada de la vida. Tan predispuesta a darte una mano. A levantarse temprano y a acostarse tarde. Tan vivaz y con la capacidad de darse cuenta cuando su mamá estaba triste o cansada. Con tanta personalidad. Tan chiquitita que era grande. Tan grande era que su ausencia llena todo mi cuerpo. Cada rincón de la casa. Del auto. Cada uno de sus juguetes. Cada esquina de nuestro barrio. El patio del edificio. Su sillita del jardín, con su nombre pegado en el respaldo. Su mochilita. Escucho su ausencia en todas y cada una de las canciones de la radio. En todas escucho su voz, la veo bailar, la veo dormir, luego de cantárselas yo. Aprendí que aunque no me creía fuerte, lo soy. Que Dios existe, aunque no lo entienda, porque con seguridad es Él es quien me mantiene en pie. He decidido no usar más las palabras tragedia, horror, dolor, problema, con liviandad, por respeto a Valentina. Para mí hoy no es problema lo que tiene solución. Aprendí que hay que comer primero el postre. Que hay que usar la vajilla de porcelana todos los días y no reservarlas para las ocasiones especiales. Cada almuerzo, cada cena es una ocasión especial. Irrepetible. Tal vez, la última. Aprendí que lo material no sirve de nada. Porque si no sirve para evitar que tu hija se muera, entonces es inútil. Al momento de morir, lo único que pudimos darle es lo que habíamos sembrado en su alma. Es el alma el único bolsito que llevamos. Cargado del amor de la familia y amigos. Lleno de besos, anécdotas graciosas, cuentos nocturnos, aventuras en bicicleta y canciones de arrorró. Sé, con todo mi corazón, que la valijita de "Valu" se fue con exceso de equipaje. Y eso me da paz. Sé que fue feliz y que ser felices no es una utopía, porque nosotros lo fuimos. Cuando la extraño mucho, mucho, tanto que con ella me quiero ir, la imagino radiante, con sus ojitos más azules que nunca, confundiéndose con el cielo. Sumergiéndose desde el trampolín de sus ganas insaciables a ese mundo de dicha absoluta, escoltada por el amor divino e inmutable. Veo cumplidos a todos sus sueños eclipsados. La veo amada, mimada, consentida. Tomando chocolatada en pijama con sus dos trencitas. Dibujando en sus cuadernos. Tirándose del tobogán. Corriendo a carcajadas. Jugando a la mancha y a las escondidas. Sana. Aprendí que quiero ser fuerte como ella. Y por eso no me dejo caer. Sé que no voy a lograr tan alta expectativa, pero esa es mi meta. Que ella esté orgullosa de mí casi tanto como yo lo estoy de ella.

Daniela Pisano