Lunes 16 de Noviembre de 2009
No pretendo ser mojigato ni más santo que el Santo Padre. Pero… ¿no habrá llegado el momento de frenar un palabrerío chacabano, violento y ofensivo instalado entre nosotros y que consolida una seudocultura denigrante? Los jóvenes y jovencitas son usuarios y admiradores permanentes de un manojo de términos soeces. Las chicas cuando esgrimen palabrotas descarnadas se me antojan desposeídas de su femineidad. La juventud se muestra resentida cuando alguien intenta convencerla de que hay otras palabras adecuadas para demostrar sus sentimientos de rabia, de alegría, de entusiasmo. Pero ellos no fueron autores intelectuales de la "mala" palabra. Los tristes cómicos actuales usufructan la palabrota soez, los gestos obscenos frente a un público al que intentar hacer reír. Las barras futboleras entonan cánticos y estrofas apelando irrespetuosamente a la madre de la barra rival. Al menor incidente de tráfico se enfrentan dos conductores esgrimiendo cada uno una lluvia de insultos para demostrar que la razón les corresponde. He visto a clientes de supermercado insultando a una cajera que le demora la entrega del vuelto de su compra. Conozco infinidad de personas que no se ven obligadas a utilizar la "mala" palabra para vivir dignamente una existencia normal. La palabrota, el insulto, la agresión verbal es previa o posterior a un acto irracional y furibundo. Como consecuencia eleva (nunca lo disminuirá) el grado de irracionalidad y furor que disparó la explosión. Provoca daño psicofísico al autor, al receptor y al testigo de la situación. Procuremos limpiar nuestro léxico y nos sentiremos más aliviados de culpa y cargo
en el futuro.
Rubén M. Baremberg,
rubenbaremberg@express.com.ar