Viernes 20 de Noviembre de 2009
Es curioso, hay palabras cuya antítesis tal vez no sean tan obvias como gordo, flaco, alto, bajo. Si tuviera la necesidad de formular una palabra que contrastara con libro, descartaría ignorancia, desinterés o conformismo para elegir "fuego"; no por la famosa novela de Bradbury, sino porque estoy seguro que los libros arden mal. Hace días recibí una carta de una poderosa editorial, con sede en Barcelona, comunicándome que mi novela "La huella del reloj" había sido desestimada. Hasta ahí nada que reprochar. De hecho también habían tenido la gentileza de mandarme una carta dando constancia de haberla recibido, detalle o molestia que otras editoriales ni se toman. OK. ¿Cuál es el hecho? El hecho son las palabras que siguieron a la desestimación: "Como queda expresado en las bases su copia ha sido quemada". No cuestiono la labor del jurado pero tengo inmensas dudas cuando en convocatorias o concursos internacionales a novelas de tema libre las obras postuladas se cuentan por miles y es elegida sólo una, las demás son condenadas a la destrucción. ¿Acaso no habrá un porcentaje ínfimo rescatable, digamos el 10 por ciento?, en estos casos hablamos de varios centenares. ¿Estará el jurado capacitado para evaluar obras escritas en diferentes lugares, cultura, lenguajes, costumbres y circunstancias? Otra pregunta: ¿dónde son quemadas las obras? ¿Las editoriales tienen crematorio propio? ¿Utilizarán el de algún cementerio cercano? ¿Aprovecharán para alimentar la fogata de San Pedro y San Pablo o se reciclarán en hamburguesas? Como se verá, tengo más dudas que certezas, por ello no podría afirmar que el descarte de miles de novelas inéditas configure un hecho de censura. Entristece recordar ciertas combustiones masivas como las hechas por el santo tribunal de la Inquisición, los nazis o los 100 mil volúmenes ejecutados durante la dictadura de Videla. Hoy, lo alarmante es que quien quema los libros son las editoriales.
Silvio Ballan, DNI 18.107.458