Libertad, único camino
Gary Vila Ortiz, experto y difusor apasionado del jazz, la música clásica y la literatura, se definió como un permanente enamorado del amor.

Lunes 20 de Enero de 2014

¿Cómo describirlo? Genio, loco, poeta, periodista, escritor, un tipo indispensable. Fervoroso defensor de la bohemia, audaz, progresista, innovador, transgresor y permanente enamorado del amor. Profundo conocedor y difusor del jazz, el tango, la música clásica, lector vehemente, amante del cine, es un referente de la cultura rosarina. Alberto Carlos Vila Ortiz nació en esta ciudad que ama (“es la única para vivir o para morir”, aseguró) el 5 de agosto de 1935 y fue, sin dudas, un claro exponente de la generación de los sesenta.

   Decidido a seguir los pasos de su padre ingresó a Medicina que luego cambió por Derecho, carrera donde llega a rendir quince materias. Pero su amor por las letras lo introdujo en el mundo periodístico y entonces ingresó en La Capital, donde después de 33 años de recorrer distintas secciones (menos Deportes, aunque siempre fue un leproso de ley) y escribir columnas como Contratapa, Al Margen, Apuntes para Olvidar Mañana, Almanaque y Kiosco, que terminó siendo una experiencia colectiva irrepetible, se convirtió en jefe de Redacción.
  Aquel tiempo al frente del diario tuvo características únicas. Se respiraron aires nuevos de total libertad y su buen humor se contagió a buena parte de la Redacción. Fue en esa época en que sufrió graves amenazas. Acaso porque un idealista como él podía resultar peligroso para algunos intereses.
  Gary (apodo que le puso su padre, que esperaba que llegara a ser tan alto como Gary Cooper, actor norteamericano que admiraba) publicó su primer libro, “17 poemas”, en 1961. Con su humildad de siempre confesó: “Empecé tarde”. Cuatro años después apareció “Poemas de la flor”, obra por la que recibió elogiosos comentarios. Inició luego una serie de treinta cuadernos que denominó “Poemas y maderas”, con xilografías del artista plástico Rubén de la Colina, su amigo entrañable y padre de quien fue su última compañera. Con otro personaje de la cultura local, Rafael Ielpi, escribió “Imágenes para la historia” y “Philip y Raymond”, un homenaje a la novela negra. De sus numerosos artículos periodísticos recordaba “Borges en Pichincha” y la serie Estructuras Imposibles, en Rosario 12. Inquieto, acelerado, tuvo programas culturales en Radio Nacional y participó en populares ciclos televisivos como “El Clan”. Su último libro, “Viejas fotos fuera de foco”, fue editado por el Concejo Municipal y distribuido en escuelas y bibliotecas. En los últimos años despuntaba el vicio periodístico los domingos por LT8 con su programa “La buhardilla” y editaba el periódico cultural El Centón, un lujo imperdible donde se reflejaban la ciudad y sus personajes, la música y también la nostálgica memoria.
  “Soy padre de numerosos hijos (cinco) y abuelo de quince nietos (trece mujeres y dos varones). Siempre he amado con desmesura y trato de seguir haciéndolo. Es lo que puede salvarnos”, disparó en una charla, pese al asma, mientras su mirada clara recorría la taza de café en un bar cualquiera. Y agregó: “La amistad como el amor no son cosas utilitarias, aún cuando alguna vez sirvan al margen del afecto que deben significar ante todo”. Y su pensamiento se transparentaba en una columna suya: Los seres humanos somos en esencia idénticos los unos a los otros. Eso por diferentes que seamos en lo que hacemos. Lo que nos diferencia es lo cultural, es decir todo lo que sea nuestra creación. La naturaleza actúa y seguirá actuando. Y Dios, por su parte no dará marcha atrás: nos dio la libertad y con esa libertad nosotros, los hombres, continuaremos haciendo lo que muy probablemente ya no tenga remedio”. El poeta se ha devorado la vida y sigue anhelante su camino. Y como dijo una vez en “Lluvia primera”, un viejo poema: “En tus manos otra vez lo posible”.