Miércoles 26 de Agosto de 2015
A un lado el mar, al otro, el macizo de Marseilleveyre. Los más de 300 apartamentos dúplex situados en el número 280 del bulevar Michelet, en el distrito 9 de Marsella, tienen ventanas orientadas tanto al este como al oeste para disfrutar del sol mañana y tarde. Sólo muy de vez en cuando, uno de ellos sale a la venta. Y hay listas de espera, apunta Isabelle, una de las vecinas de la exclusiva “cité”.
La francesa reside desde hace 15 años en la planta 18 de uno de los edificios diseñados por Le Corbusier, de cuya muerte se cumplen mañana cinco décadas. Tan alabado como controvertido, este suizo afincado en Francia fue uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX, aunque sus obras no siempre fueran del gusto de todos.
Le Corbusier (1887-1965), cuyo nombre real es Charles-Edouard Jeanneret-Gris, nació en la localidad suiza de La Chaux-de-Fonds, pero vivió la mayor parte de su vida en Francia, donde murió junto al mar de la Costa Azul. Fue desde París como conquistó el mundo con sus imponentes construcciones de hormigón y sus íconos de la modernidad, que pueden verse desde Berlín a la india Chandigarh.
En Francia, donde se lo ha reivindicado con un funeral oficial en el patio cuadrado del Louvre, el año en el que se conmemora el medio siglo de su muerte se ha visto empañado por una especie de proceso póstumo. Y es que además de las exposiciones y coloquios sobre su obra, en las últimas semanas se publicaron tres libros que arrojan luz sobre su vinculación con el fascismo.
Que este maestro de arquitectos admiraba a Adolf Hitler y mantuvo estrechas relaciones con el régimen de Vichy durante la Francia ocupada por los nazis, no es nada nuevo. Pero las acusaciones de fascismo vertidas por el estadounidense Nicholas Fox Weber ya llamaron la atención cuando en 2008 publicó su biografía de Le Corbusier, en la que examinaba minuciosamente documentos históricos y cartas poco halagadoras del arquitecto.
Ahora, son tres franceses quienes se han ocupado de investigar ese “lado oscuro” de Le Corbusier: François Chaslin, Xavier de Jarcy y Marc Perelman. Los autores se basan entre otros en artículos de la revista de arte y urbanismo Prélude, considerada fascista. Y Le Corbusier fue uno de sus fundadores.
¿Icono de una modernidad sin concesiones o fascista? Le Corbusier fue un hombre ambicioso que, sin el título de arquitecto, se convirtió en uno de los creadores más influyentes del siglo XX, un siglo que él veía en grandes dimensiones. No le interesaba demasiado la construcción de chalets de lujo, aunque diseñó algunos, sino que creó principalmente rascacielos que definía como “unité d’habitation” y planificó una gran ciudad: Chandigarh.
Le Corbusier fue un ególatra. Ya de joven escribió en sus cartas que su orgullo, su vanidad y su ambición serían los motores que le llevarían a emprender algo grande. Años más tarde, el 31 de octubre de 1940, escribió a su madre: “Si va en serio con lo que pregona, Hitler puede coronar su obra con algo grandioso: la nueva creación de Europa”.
El describió la “ciudad del futuro”, en la que llevaría el orden al caos urbano con la ayuda de piedra, hormigón, acero, ángulos rectos y una geometría clara. Su ciudad funcionaría a la perfección, como una máquina.
Le Corbusier se aproximó a la arquitectura primero como grabador y luego como cincelador y a través de la pintura. Junto a Amédée Ozenfant sentó las bases del purismo, disciplina centrada en las formas geométricas simples y las líneas claras. Sin embargo, ya en vida este maestro del racionalismo fue un hombre polémico, cuyas construcciones se tildaron de inhabitables e inhumanas. Isabelle, la vecina de la “cité radieuse” de Marsella que cuenta con restaurante, hotel, librería, jardín de infancia y un centro de arte contemporáneo, no está de acuerdo. “Si fuera así, ¿por qué sus departamentos son tan demandados?”, refuta.