Viernes 17 de Junio de 2011
Dice el refrán: “Que el árbol no nos tape el bosque”. Tal vez se aplique con justicia a la Iglesia Católica cuando detrás del árbol de los escándalos nos encontramos con un bosque pletórico de buenos cristianos, gente sencilla, que vive y vivió el mensaje de Cristo. Vino a mi mente, ante tanto dolor infantil, ante tanto sufrimiento inocente que nos enteramos a diario la figura de una nena cristiana, Laurita Vicuña. Esa niña chilena, nacida en 1891 murió en Argentina el 22 de enero de 1904. Llevó una vida breve, marcada por la pobreza material, sin papá, viviendo en el vecino país con su mamá y su hermana. Al trasladarse a la Argentina -empujadas por la necesidad- se radicaron en Neuquén. Y allí, como suele pasar hoy en diversos lugares, la madre descubrió lo que se escondía detrás de la aparente solidaridad de Manuel Mora, dueño de la estancia de Quilquihué. El quería someterlas a cambio de casa y escolaridad para sus hijas. Laura resistió dos violentos ataques por parte de Mora, prefirió la dignidad a la humillación de ser violada. Su madre, Mercedes, finalmente abandonó la estancia, pero Laura ya había enfermado gravemente de los riñones. Moriría casi a los trece años. Laurita, esa niña morena y de rasgos mestizos está en los altares, fue declarada beata en 1988 por Juan Pablo II. Invito a los cristianos a que pidamos a Laura Vicuña protección y ayuda para las niñas y niños víctimas de abusos, de incestos, o tal vez, pobres desamparados, chicos de la calle o en la calle, huérfanos u obligados a trabajar. Invito a los creyentes y a toda persona de buena voluntad a sembrar conciencia de la dignidad inviolable de la niñez. Si una niña de 13 años tuvo voluntad firme para rechazar al violador, tengamos esa voluntad los adultos para denunciar, para actuar, por esa niñez que no es el futuro, es ya presente.
Carlos A. Robledo, DNI. 14.509.377