Viernes 15 de Marzo de 2013
Como arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Mario Bergoglio llegó a lo profundo de las comunidades para colocar a su Iglesia en el frente de batalla contra los problemas sociales, económicos y espirituales de sus habitantes. En los grandes barrios carenciados que rodean la capital argentina y que forman parte de los 13 millones de habitantes de Buenos Aires y sus alrededores, el hombre que se convirtió en el primer Papa latinoamericano de la historia pocas veces celebró misas. Pero desplegó sacerdotes, monjas y otros ministros de la Iglesia para que asistieran a los pobres, a los enfermos y a aquellos sin educación. Era una misión que apuntaba a acercar más la Iglesia a sus fieles, y también a protegerla del avance cada vez mayor de los cultos evangélicos y protestantes que crecieron rápidamente por Latinoamérica.
Los esfuerzos, según sus subordinados, reflejan la creencia de Bergoglio en que la caridad y la compasión son el núcleo de las enseñanzas de la Iglesia, que en los últimos años pasó más tiempo lidiando con escándalos de corrupción y perdiendo adeptos que evangelizando y focalizándose en la fe. "Quiere que salgamos de los conventos y de las iglesias y escuchemos a la gente", dice Rosita Blanco, una monja de 90 años del convento en el que Bergoglio tomó su Primera Comunión.
Es ahí, en las calles, donde el Papa Francisco, como es denominado ahora, se enfrentó cara a cara con los crecientes desafíos que minan el catolicismo: desde el secularismo cada vez mayor en una población crecientemente urbana al avance de otros credos ante la sensación de exclusión que generan ciertos rituales y doctrinas ancestrales de la Iglesia. "Este es un líder, como muchos de la Iglesia en América latina, que ha sido testigo directo de la pobreza, la rápida urbanización y los cambios traumáticos en los designios políticos y económicos", dijo Kenneth Serbin, un historiador de la religión latinoamericana.
En baja. Los desafíos en América latina son tanto inmensos como importantes para una Iglesia que espera renovar su vitalidad a través del crecimiento en Africa, Asia y otras partes del mundo desarrollado. Aunque Latinoamérica aún alberga a más católicos que cualquier otra región del planeta, el porcentaje de personas que se autodenominan católicas cayó de casi el 90 por ciento en 1919 a un 72 por ciento en 2010, según el Nuevo Foro sobre Religión y Vida Pública. Y la tendencia parece estar acelerándose.
En Brasil, el país con más católicos en el mundo, la cantidad de practicantes que profesan la fe cayó del 74 por ciento en 2000 al 65 por ciento en 2010. En México, que tiene la segunda mayor concentración de feligreses, las estadísticas muestran que el número de católicos retrocedió del 88 por ciento a menos del 83 por ciento en la misma década. El anterior Papa, Benedicto XVI, admitió el problema. "Debemos ser mejores creyentes, más píos, amables y acogedores con nuestros fieles y comunidades, para que nadie se sienta distante o excluido", dijo a obispos colombianos en junio de 2012.
Creciente insatisfacción. Una creciente insatisfacción con el catolicismo en América latina es, en parte, el resultado de algunos de los problemas que han invadido a la Iglesia en todas partes: escándalos sobre abusos sexuales, corrupción y prohibiciones a la educación sexual, el control de la natalidad y el aborto. Pero la mayor decepción está vinculada con los cambios demográficos de una región que avanza con fuerza hacia una profunda transformación. Aunque aún están muy por detrás de las naciones desarrolladas en la mayoría de los indicadores económicos, países como Brasil, Perú y Colombia fueron en la última década las economías de más rápido crecimiento del mundo. A medida que Latinoamérica se vuelve más próspera y más urbana, muchos se sienten lejos del contacto con la fe cuyas raíces yacen en un pasado pobre y rural, cuando la Iglesia era una de las pocas instituciones en funcionamiento.
De hecho, el catolicismo creció en América latina por sus lazos cercanos con los adinerados propietarios de tierras y su apoyo a la estructura de poder eclesiástica. "Hubo un quiebre con el pasado no tan lejano en el que la Iglesia se expandió por sus relaciones con la elite rural", dice Fernando Altemeyer, profesor de teología de la Universidad Católica de San Pablo. "Dado que las sociedades aquí se alejaron de esa estructura, la Iglesia no supo cómo reorganizarse en respuesta a eso", precisó.
Hasta la Iglesia admite que los sacerdotes han sido lentos en adaptarse a medida que millones de fieles rurales se trasladaron en las últimas décadas a ciudades como Buenos Aires, Río de Janeiro, Ciudad de México y Bogotá buscando una mejora en sus vidas. "La Iglesia simplemente no siguió estas migraciones o el ritmo de los cambios que produjeron", dijo Thierry Lienard de Guertechin, un sacerdote católico y demógrafo en Brasilia, la capital de Brasil.
Un ejemplo es el de Claudia Valenzuela, una argentina de 26 años que dice ser católica pero que hace tres años comenzó a asistir a un centro de estudios bíblicos en un templo evangélico en Buenos Aires. Creció en Tucumán, y se mudó a la capital tras la crisis que estalló hace una década. Ahora espera su primer hijo y se volcó a la religión tras perder su trabajo como doméstica. Buscó consuelo en las parroquias católicas locales, pero las encontró oscuras y vacías. "En esta iglesia", en cambio, "a cualquier hora hay pastores y una puede acercarse a ellos", dijo.
Parte del encanto de algunas iglesias evangélicas es que predican los poderes de un Dios activo e intervencionista, capaz no solamente de proveer salvación tras la muerte, sino también de mejorar la vida de los creyentes. La calificada "teología de la prosperidad" mostró ser atractiva para muchos en los estratos sociales bajos. Pero incluso quienes están en una mejor posición, han encontrado razones para alejarse del catolicismo.
Debido a la urbanización, la cultura latinoamericana se parece más a las economías occidentales más avanzadas, donde hay más diversidad, más educación, mayor orientación al consumo y mayor deseo de romper con las tradiciones. Como resultado, el número de iglesias no tradicionales se multiplica, arrastrando devotos de todas las edades y todos los segmentos del espectro socioeconómico. Sociólogos dicen que eso tiene que ver con una tendencia general, en especial entre los jóvenes, debido a una fragmentación en la política, las estructuras sociales y las creencias religiosas.