Las visitas al país y a Brasil estuvieron

Domingo 18 de Septiembre de 2011

La visita del Dalai Lama a la Argentina para traer su mensaje universal de paz y compasión no escapó a las filosas aristas de la política. Antes de su arribo se anunció que sería nombrado Huésped Ilustre de la Nación, cosa que no ocurrió por pedido de China al gobierno argentino, según aseveraron los organizadores de la visita. También se había informado que recibiría la Medalla de Honor de la ciudad de Buenos Aires, pero el gobierno de Mauricio Macri lo negó.

  Desde la organización del viaje del Dalai Lama se trató de poner paños fríos. “Nos dijeron que fue por un problema de agenda”, explicaron.

  El plan económico argentino aspira a incrementar 4.000 millones de dólares en los próximos cinco años el actual volumen de negocios con China.

  De todos modos, el religioso suplió el silencio oficial con una aparición en el programa televisivo conducido por Susana Giménez, quien logró hacerlo reír con sus comentarios.

  En el curso del programa, el Dalai habló sobre la muerte y la reencarnación, en la que los budistas creen firmemente.

  No fue el único traspié del Dalai en su gira por Sudamérica. En San Pablo, donde estuvo hasta ayer, tampoco fue recibido por ningún funcionario del gobierno de Dilma Rousseff. Brasil, principal socio comercial de China, no puede darse el lujo de irritar al gigante asiático. Los intercambios entre ambos países crecieron más de 2.300% en la última década y el año pasado alcanzaron los 56.400 millones de dólares.

La carnadura del Dalai. Su nombre es Tenzin Gyatso. Nació en la provincia de Ambdo, en Tíbet, en 1935. A los dos años fue reconocido como la reencarnación de su predecesor, el XIII Dalai Lama. Los Dalai Lamas son considerados manifestaciones del Buda de la Compasión, un ser iluminado que ha elegido posponer su propia realización espiritual, para reencarnar nuevamente y servir a la humanidad.

  Aún no había cumplido los cinco años cuando fue entronizado como soberano espiritual y temporal del Tíbet, e inició sus estudios a los seis. A los quince, debió asumir el poder político como jefe de Estado, tras la invasión de China. Nueve años más tarde, debió exiliarse en India, donde vive actualmente. Desde entonces, ha viajado por el mundo llevando la causa tibetana con un mensaje de no violencia que le valió el reconocimiento internacional, cientos de distinciones y el premio Nobel de la paz en 1989.

  Se describe a si mismo como “un simple monje budista”, pero a sus 76 años, sigue siendo un maestro inspirador para millones de personas, sin importar las creencias o religiones. Un verdadero emblema de sabiduría.