Miércoles 09 de Enero de 2013
Veo las rayas de las llamadas sendas peatonales y me aterra preguntar: ¿por qué no las respetan los automovilistas? En este país donde se vive "el mundo del revés", donde nos obligan a aceptar las transgresiones como reglas, aceptándolo todo, ¿de qué sirve cruzar obedientemente por esas rayas, creyéndonos amparados por un derecho incuestionable? El peatón se torna invisible para el automovilista, o insoportablemente molesto y, por lo tanto, material descartable. No pretendo inventar una novelita sobre la base de suposiciones. No es ficción, es realidad de la que fui protagonista hace más de cuatro meses, un lunes 13 de agosto, en la esquina de Santiago y San Luis. ¿De qué me valió cruzar correctamente, si alguien dobló de improviso, sin guiño, y llegando ya casi al cordón opuesto, y me atropelló? Más de cuatro meses de fracturas, forzosa inmovilidad y dolor e impedimentos que perduran. Cuando pienso en la desaprensión de los que aceleran, o están alegremente detenidos encima de las rayas con ansiedad por seguir, seguir adelante; cuando veo la indiferente omnipotencia de los que continúan apretando el acelerador ante los peatones que se debaten en un ¿cruzo o no cruzo?; cuando observo que de nada vale poner un pie en la supuestamente protectora "senda peatonal", mientras que en otros países el gesto es absolutamente respetado, me invade un irrefrenable pánico peatonal, equivalente quizá al tan mentado y paralizante pánico escénico. Sólo que, en el escénico, la alteración conducirá a una imposibilidad de actuar, mientras que en el peatonal, si facilita el que te arrasen, puede llevar a una definitiva imposibilidad de vivir. ¿Nunca vigila y condena la Dirección de Tránsito esa falta absoluta de respeto por las sendas peatonales?
Olga Bressano