Viernes 15 de Mayo de 2009
Leí la carta de María Inés Ruiz del pasado 17 de abril sobre los servidores de la parroquia "Natividad del Señor", lo que me movió a escribir, puesto que el desconocimiento, en cualquier ámbito y sobre cualquier circunstancia, puede crear confusión y prejuicios. Desde mi condición de integrante, hace más de 20 años, del Grupo "Inmaculado Corazón de María", que domingo a domingo acompaña a los peregrinos en el rezo del Santo Rosario (meditado y catequístico), les cuento que soy testigo de cómo fue creciendo la comunidad y la cantidad de personas que se acercan en busca de alivio, llegando en la actualidad a la cifra de 12.000 cada fin de semana. Con esa oración previa, por espacio de dos horas, pidiendo la intercesión de la Virgen de la Natividad y ayudados por el Espíritu Santo, creamos un clima de paz, que hace que luego participemos gozosamente de la santa misa. Esa misa que tiene un principio y un final. En ella el padre Ignacio nos transmite su amor infinito a la eucaristía, diciéndonos: "En la eucaristía Dios quiere ser una partecita de nuestro cuerpo. Por eso muchas veces sentimos en la profundidad de nuestro ser la presencia material que, indudablemente, revela la presencia divina. ¿Quién puede dudar de las mismas palabras de Jesús? El nos asegura que ese es su cuerpo y su sangre, y que está ahí para el bien de cada uno de nosotros". Y basándose en la recomendación del Concilio Vaticano II de que la misa carece de valor espiritual si no se escucha la palabra de Dios (lecturas y homilía) se cierran los portones. Entonces, pensemos: ¿esta norma a quién beneficia? Indudablemente, a nosotros mismos. ¿Y a quién perjudica? A nadie, porque si llegamos tarde esperaremos para entrar en la siguiente misa; sólo tendremos que recurrir a la paciencia "que todo lo alcanza". Somos conscientes de que en todos los órdenes de nuestra existencia debe haber un orden: en nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestra oficina, en la Iglesia, más aún en las grandes concentraciones; por ello, si cumplimos con todas las disposiciones, recordando que el "abuso quita el uso"; si respetamos las indicaciones; si nos entregamos a la oración que calma las ansiedades y los miedos; si ponemos toda nuestra confianza en el Señor, notaremos un cambio en nuestro interior, ya que el cuerpo y la sangre de Cristo nos revestirá de esperanza y nos proporcionará la seguridad de que todo lo imposible humanamente, se logra con la gracia de Dios. …Y sentiremos el inmenso deseo de regresar una y otra vez a este pedacito de cielo aquí en la tierra, las ganas de perseverar en la fe, y la necesidad de recibir los sacramentos. Y se cumplirá el sueño del padre Ignacio: ganar almas para el cielo.
Ana María Corte de Durá, DNI 4.943.688, gensrosario@hotmail.com