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Las librerías de usados, un universo que guarda tesoros para quien sepa buscarlos

A pesar de los pronósticos apocalípticos, la realidad se rebela y en Rosario se percibe un fenómeno tan nuevo como valioso: cada vez hay más librerías de saldo y de usados.

Domingo 03 de Noviembre de 2013

Las señales parecen alarmantes. Es un lugar común decir que se lee cada vez menos, que el auge de las nuevas tecnologías digitales barrerá como un tsunami con los libros. Sin embargo, a pesar de los pronósticos apocalípticos, la realidad se rebela y en Rosario se percibe un fenómeno tan nuevo como valioso: cada vez hay más librerías de saldo y de usados.

Son locales pequeños, que aparecen en los lugares más impensados, tanto en el microcentro como en los barrios. Los manejan libreros jóvenes, con vocación por el noble producto que venden. Y con conocimiento: ya no es tan fácil como en otras épocas, para el cazador experimentado, conseguir joyas a precio de oferta. También, claro, hay clásicos que permanecen y enfrentan con coraje los vertiginosos cambios impuestos por la época.

Un clásico que resiste

En calle Sarmiento entre San Juan y Mendoza está la librería más antigua de la ciudad. Con 105 años de vida sobre sus espaldas, Longo resiste a pie firme el paso del tiempo. Las hermanas Amanda y Amalia, a la que todos llaman Coqui, tienen una edad que habitualmente prefieren no confesar, pero que llega a las sorprendentes cifras de 99 años (la mayor, que sonríe y saluda con afecto a este cronista) y 82 (la menor, que me recuerda bien y me ofrece materiales del gran poeta portugués Fernando Pessoa).

Coquetas y vitales, se instalan detrás del mostrador y cuentan que la librería no se llama “Longo”, como todos le dicen. “Ese era el nombre del que la abrió, nuestro padre, Alfonso. La librería, en realidad, se llama Americana”, explican. Las rodea la venerable atmósfera de un lugar que parece haber escapado de otro tiempo, con pisos de pinotea y mobiliario de roble. Al fondo del local sorprende el cartel que dice “Entrada libre”. Claro que también ese extraño letrero tiene una anécdota que lo justifica: “Era una invitación a entrar sin obligación de compra”, cuenta Coqui. Otra de las artimañas del legendario librero y editor que fue su padre.

El presente las encuentra ejerciendo el mismo oficio de toda la vida. “Siempre se vende algo”, afirman. “Tenemos un cliente que es un conocido empresario de locales nocturnos que compra muy bien, sobre todo historia y filosofía”, confiesan con picardía. Aún están atentas a los gustos de sus clientes, aunque también se quejan de la deserción de algunos: “Ya no vienen más”, dicen. Es posible que muchas ausencias tengan que ver, simplemente, con la desaparición del amable lector de este mundo.

Una esquina amigable

En la esquina de Urquiza y Santiago, Luis Oliva despliega su infaltable cordialidad. Ya lleva más de tres décadas ejerciendo el noble oficio de librero de usados. Fue el dueño de un local que muchos aún recuerdan, la legendaria Librolandia, de 9 de Julio y Pueyrredón. “La llamé así porque ese era el nombre de la librería de mis padres, pero después me cansé, no me gustaba lo de landia, y cuando me mudé acá la bauticé Urquiza y Santiago Libros”, cuenta.

“El 27 de agosto pasado cumplí 31 años de librero”, confiesa de inmediato. “La idea de la librería hace primero, por supuesto, a un concepto de rentabilidad. El objetivo es que aquí pueda entrar cualquier tipo de lector, desde quienes consumen novelitas románticas —los equivalentes actuales de Corin Tellado— o best sellers, hasta aquel que no busca justamente material pasatista. Esta es, entonces, una mezcla de librería anhelada con otra realista y redituable. Hay un poco de cada género y se trata de poner el acento en aquello que suele escasear en las librerías de usados, buenas ediciones y alta calidad de contenido. Porque no hay que quedarse sólo en vender”, expone.

La rica experiencia de Oliva le permite disponer de una clara visión de la evolución del mercado del libro en la Argentina en las últimas tres décadas: “La mejor época de la librería fue entre 1982 y 1989: había un movimiento mayor que el de hoy, una gran dinámica en el ingreso y egreso de libros. Después viene la hiperinflación y el consecuente desastre. Con Menem salimos del pozo, pero sólo hasta el 95. Desde ese momento, mi sensación es la de una escalera descendente: cada año bajaba un escalón. Era achicarse todo el tiempo. Y hacia el 2000, directamente la estrategia consistía en no fundirse: apenas sobrevivir. En esa época, por ejemplo, dejé de pagar el monotributo. Esa etapa tan oscura se prolongó, digamos, hasta mediados de 2002. Y a partir de ahí, todo empezó a cambiar: otra vez la meta fue crecer. Ojo, para mí crecer no es tener una cadena de librerías, sino ganar en calidad. Cada librería de usados tiene el formato del dueño. Y mi meta es tener material jerarquizado, clientela acorde con ese material y un ambiente de trabajo agradable”.

El gran interrogante es qué porcentaje de jóvenes integran esa clientela. ¿Será verdad que todos están pendientes todo el tiempo de las pantallas del celular y la computadora? “Permanentemente hay jóvenes eligiendo —cuenta Luis—. Y entre ellos, son muy pocos los que compran best sellers”.

El heredero de una dinastía

En una antigua esquina, San Luis y Rosas, abre sus puertas otro de los clásicos del rubro en la ciudad. Este cronista abre la puerta y entra en El Viejo Almacén, donde de inmediato sale a recibirlo Guillermo Zinni. “La librería se abrió en 1982”, cuenta el hijo del recordado historiador Héctor Nicolás Zinni, autor de clásicos como “Prostitución y rufianismo" y "El Rosario de Satanás".

"Mi viejo trabajaba como jefe de prensa en el Banco Provincial de Santa Fe", evoca Zinni, "pero tuvo problemas con una nota y entonces tuvo que rebuscárselas. Arrancó de abajo: primero, le pidió permiso a un amigo carpintero para poner en su local una mesa con libros. Y como la década del sesenta fue una época de oro en este rubro, le fue bárbaro. No sólo vendía libros, también muebles. Y en ese momento lo llamaron para entrar en La Capital, donde lo conocían de la época del banco. Primero fue corresponsal en Casilda y después ingresó a la redacción, pero ya no se adaptaba bien a la formalidad del ambiente periodístico de la época, cuando eran inevitables el traje y la corbata. Así que abrió una librería —la llamó Argentina, estaba en Maipú entre Zeballos y 9 de Julio— y renunció. Después abrió otra que se llamaba La Luna, que estaba en Catamarca entre Corrientes y Entre Ríos. Y esta, que arrancó en el año 82. Era un triángulo familiar: mi viejo en calle Maipú, mi vieja aquí y yo en La Luna. Después la de calle Maipú y La Luna cerraron".

"La venta acá es variada, sale un poco de todo —agrega el hijo del historiador, que heredó su oficio de librero—. Revistas deportivas como El Gráfico, de la cual aún tengo una importante cantidad, o historietas hasta material de psicología y arte, novelas policiales... Y los libros de mi viejo, claro".

La cadena de los usados

El mercado del libro de viejo también tiene cadenas en la ciudad: El Pez Volador es una marca ya instalada entre los rosarinos. Tiene cuatro locales, todos en la zona del centro y macrocentro. Pero a pesar de que comparten la identidad, cada una de las librerías es independiente de la otra.

En San Luis entre Maipú y San Martín uno de los que está detrás del mostrador es Gustavo Viola, quien confiesa que aprendió el oficio de su esposa y su cuñado. Mientras atiende a la clientela, Gustavo cuenta que el local ya lleva doce años de vida. "Acá la gente viene siempre a buscar algo distinto. Y en los estantes de arriba, por ejemplo, hay material especial, raro, que está catalogado y se ofrece por internet". Una prueba de la calidad del stock de la librería es un mueble con puertas de cristal que, en el fondo del alargado local, exhibe (y a la vez custodia) libros de la prestigiosa editorial Aguilar en su tradicional encuadernación en cuero.

Gustavo confía en el futuro del libro en papel: "Siempre va a haber gente que necesite este soporte", afirma y sonríe. El sostenido crecimiento de la librería parece darle la razón.

Un librero muy particular

Horacio Tubbia es un librero de raza. Puede jactarse de haber trabajado en casi todas las librerías importantes de la ciudad, incluyendo Ross, Homo Sapiens, Oliva y La Cubana. También tuvo su propio local, Trieste, que cerró "en las épocas de la convertibilidad", recuerda. Ahora, Horacio —51 años, tres décadas al lado de los libros que ama— se define como "un librero sin librería". Trabaja a través de la web, donde se convierte en El Paseante Libros.

Lo de "paseante" acaso tenga que ver con su irrenunciable vocación de flaneur del libro. Igual que Walter Benjamin (quien usó esa palabra para definir a los vagabundos urbanos sin rumbo fijo, con el modelo de Baudelaire en las calles de París), Tubbia recorre las librerías y busca, pesquisa, persigue. Y lo hace por encargo: "En principio arranqué con mi propia (y nutrida) biblioteca. Pero ahora también salgo a buscar libros por pedido de mis clientes. Raros, rarísimos: esos son mi especialidad".

También, como auténtico connoisseur que es, se permite recomendar ediciones y traducciones. En poesía, por ejemplo, que es una de sus pasiones. Pero también vende autoayuda y cocina, si es necesario. Y siempre con alegría.

"El librero cumple un rol importante", dispara. "A mí me ha pasado encontrarme con una persona a la que no veo hace quince años que de pronto me intercepta y me agradece por haberle recomendado tal o cual traducción. Eso no tiene precio".

Tubbia es consciente de que el avance de la tecnología puede ser peligroso para el libro, pero sin embargo mantiene la confianza en el futuro: "Así como está la globalización, existe una insularización", sostiene. "Hay gente que no deja de aspirar a cosas de calidad".

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