Martes 11 de Agosto de 2015
Viendo en plaza Pringles esas dos decapitadas en mármol pienso que cuando era estudiante de secundaria, en 1964, ya estaban sin cabezas, pero ellas eran dos mujeres romanas enhiestas todavía. Rendí después toda la carrera viendo también a los peruanos estudiosos que dedicaban todo el tiempo a saber la medicina que sus padres financiaban, y ellos fueron médicos. Pero en las horas de descanso, en la pérdida de tiempo o en la persecución seductora inútil siempre estaba el niño de mármol bañándose en la fuente, en un extremo el coronel famoso que se arrojó al océano, y en otro el poeta mirando enfrente, pero en los canteros conocidos el paisaje firme, los arbustos, los perros, los árboles con sus pájaros negros de la tarde, y ellas firmes con sus túnicas detenidas y las cabezas robadas. Marcelo siempre fue amigo, compañero, artista plástico. Pinta al acrílico, dibuja y reconstruye, tiene la habilidad y el oficio para hacerlo. Yo me encontré con él hace mil años cuando trabajaba serio pero con cariño con sus propias manos la esfera justa de los pechos femeninos de la estatua en la fuente que da por Pellegrini. No puede evitar sentirme estremecido al pensar en la modelo versallezca que habría dado su perfectísimo cuerpo para que el artista fuera. Pero ahora Marcelo reconstruía aquello y los senos tenían su epifanía. Después supe que reconstruyó los despojos del ilustre Garibaldi, que hizo algo secular con el mural de Guido, y por fin sacó de su irremediable final la ecuestre de Belgrano, dándole cien años más de vida. Yo digo, ese hombre por cierto es un maestro. Y aunque el vandalismo urbano, tan típicamente propio, que tantas veces rompe todo tal vez se hará cargo de las cabezas nuevas y buscará la forma absurda y violenta para decapitar de nuevo. No importa, no quisiera morirme o quedar ciego o que por demencia senil me olvide todo sin conocer de esas magníficas desconocidas de mi historia, las caras que nunca vi y sus cabezas. Así que antes de seguir por Córdoba hacia la plaza San Martín, que grita en silencio y arde en su misterio, tengo que decir, lo digo ahora: por qué no le conceden el renacer del mármol a las decapitadas para que vuelvan a la vida con Marcelo.
Jorge Enrique López Mirossevich