Viernes 27 de Marzo de 2009
El gris del disfraz de aquella mañana derrochaba pinceladas de melancolía sobre la mirada de la viuda. Lejos quedarían las estrofas de aquel tango adorado, lejos quedarían los recuerdos de ese balcón que supo coronar "cabecitas" despeinadas de ideales y sueños descamisados. Ya nada sería como antes, como en aquellos tiempos en que su difunto marido regalaba sonrisas contagiosas y filosas palabras. Ahora el general estaba muerto y ella, una viuda llamada Isabel, acababa de ser detenida para trasladar sus lamentos hacia las frías tierras de Neuquén. Aquel 24 de marzo de 1976, la viuda parecía oír el eco de la voz de Juan Domingo Perón. Sin embargo, era un eco de dolor e indignación. Ya nada quedaba de aquel hombre de porte distinguido y, para colmo de colmos, ella jamás había podido sobreponerse al fantasma de una tal Evita Duarte de Perón. En aquel instante, comenzaban a escribirse las páginas más sangrientas de la historia de ese país en el que su difunto marido había llegado a ser amo y señor. Triste resultaría recordar los cruentos episodios protagonizados por inhumanos que se decían justos, cultos y civilizados. Pero el espíritu argentino está acostumbrado a tropezar, levantarse y continuar caminando. El país renació como si se tratara del Ave Fénix, desplegando su vuelo de esperanza e ilusión. Sólo resta decir algo: nunca más.
Sebastián Isla, andas_seba_andas@hotmail.com