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La violencia urbana es previsible

Reflexiones, por Horacio Ríos / Secretario de Cultura municipal. El tema de la violencia ha comenzado invadir nuestra vida cotidiana. Lo que hace años era un "fantasma" ahora se presenta bajo las formas reales de la muerte.

Lunes 07 de Abril de 2014

El tema de la violencia ha comenzado invadir nuestra vida cotidiana. Lo que hace años era un "fantasma" ahora se presenta bajo las formas reales de la muerte. No es ni justo ni ético negar ese paisaje que se despliega frente a nuestros ojos y que cobra forma en tantos relatos y en tantas experiencias dolorosas. Si la violencia se despliega con fuerza en torno nuestro deberemos entonces trabajar imaginativamente para conjurarla.

Porque la violencia bajo la forma del crimen quiebra el pacto básico de cualquier sociedad, un pacto que entre otras cosas enuncia el valor sagrado de la vida humana y el deber de cuidarla y de protegerla. La violencia pone en entredicho ese pacto y somete a la zozobra las bases de nuestra vida democrática.

No hay respuestas únicas a la pregunta de cómo conjurar la violencia, y mucho menos, respuestas de carácter inmediato. Ni la violencia puede vencerse con más violencia y mucho menos su interpretación puede ser patrimonio de aquellos que añoran con nostalgia supuestos momentos de nuestra historia en los que el orden prevalecía, olvidando que ese orden era posible de ser sostenido gracias a la construcción de una tumba infinita de la que todavía seguimos exhumando cadáveres sin nombre.

La violencia no puede ser interpretada por su exposición mediática, esa que usa el dolor infinito de las víctimas y lo convierte en una mercancía que suma puntos en la tabla del raiting. Porque lo que en las víctimas es comprensible por su dolor, en algunos medios es usado como agitación con una vocación de cuño claramente reaccionario. Y mucho menos la violencia, el dolor que ella causa, sus consecuencias sobre la epidermis social, puede ser utilizada en la arena política que con tanta facilidad transforma en sus discursos a los muertos en una cifra útil para librar batallas electorales.

La violencia atraviesa nuestras sociedades y las fragmenta, las hiere, justamente porque nuestras sociedades han sido quebradas, fragmentadas, heridas previamente por la violencia de un sistema social y económico que no ha dejado de producir exclusión y miseria y que ha arrojado a los márgenes a millones de ciudadanos. Sobre ese paisaje quebrado, construido por el sueño neoliberal en casi toda América latina, la violencia hunde sus raíces y golpea con dureza, en especial, sobre el cuerpo de los más débiles del sistema. En ese paisaje astillado, la violencia urbana no es sorprendente, sino previsible.

La violencia no se conjura solo con más cultura y educación. Sociedades cultas y educadas pueden producir verdaderos horrores sociales. La cultura es en todo caso una más de las tantas herramientas de las que una sociedad dispone para vencer la amenaza de la violencia. Tampoco se vence la violencia con más represión ni transformando a nuestras ciudades en fortalezas ni mucho menos construyendo más prisiones. La violencia, al menos eso es lo que demuestra la experiencia, se vence construyendo las condiciones de posibilidad para que la exclusión desaparezca del horizonte social, creando condiciones de dignidad en un sentido realmente democrático y haciendo que la justicia abandone su letargo y se disponga a atender el reclamo de los más necesitados, aquellos cuya voz y cuya existencia es tantas veces, invisibilizada o solo considerada como aliento para justificar la ampliación de la maquinaria represiva.

No existen soluciones mágicas para la violencia, mucho menos recetas de aplicación mecanizada como es tan frecuente escuchar en algunas declaraciones que buscan impactar en la escena pública más que enfrentar las razones que hacen posible su emergencia en nuestras sociedades.

El debate sobre qué hacer con esta violencia que nos ocupa, debiera transformarse urgentemente en un diálogo en el que todos aquellos que formamos parte de esta sociedad estemos dispuestos a poner lo mejor de nosotros para detener su avance. Un diálogo que en primer lugar deje escuchar el reclamo de los que han sufrido y sufren su impacto, pero por sobre todas las cosas que no dé lugar, bajo ningún concepto, a aquellos discursos enardecidos que proponen vencer esta violencia que nos atraviesa con la fuerza destructiva y homicida de más violencia.

Se trata de un desafío en el que se juega nada más ni nada menos, que la dimensión humana y ética de nuestra democracia.

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