Viernes 25 de Enero de 2013
En la sociedad actual la violencia se impone como una nueva forma de dirimir conflictos. Prácticamente no existen ámbitos o actividades que escapen a ella. Docentes agredidos por los padres, alumnos hostigados por sus compañeros, hijos golpeados por sus padres, mujeres que sufren violencia de género, peleas y discusiones en televisión, enfrentamientos y tiroteos entre hinchas, disturbios entre compañeros de un sindicato, grescas fuera de los boliches. La violencia, cada vez con mayor frecuencia y virulencia, se hace presente en diversos ámbitos y momentos de nuestras vidas. Pero esta situación no es obra de las casualidades ni del mero transcurrir del tiempo, sino que la sociedad moderna impuso nuevas formas y valores que han modificado sustancialmente hábitos y conductas sociales. El individualismo (el "yo") se erigió por encima del colectivismo (el "nosotros"), la imposición en lugar de consenso, el monólogo en lugar del diálogo, la intolerancia por encima de la transigencia, las culpas y responsabilidades ajenas ante que las propias. El éxito económico (profesional, artístico, laboral, empresarial, etcétera) se transformó en la razón de ser de nuestras vidas. Los disvalores que antes eran inaceptables hoy son tolerados, y más de una vez resaltados y valorados como parte de la "viveza criolla". En esa evolución de la sociedad quedaron en camino el valor de la palabra empeñada, las relaciones humanas, los derechos humanos y sociales, los valores morales, la familia y el medio ambiente.
Pero como sociedad ¿debemos aceptar la violencia como moneda corriente o debemos hacer algo? En principio, deberíamos comenzar aceptando que somos parte del problema y no meros espectadores, lo cual no sería poca cosa. Reconocer que la violencia excede a un actor determinado de la sociedad, implica aceptar que la misma no se la resuelve por voluntad exclusiva de un gobierno o de un poder del Estado. Comprender la complejidad de su abordaje y su enraizamiento social, conlleva pensar en una solución colectiva. Debemos entre todos los actores de la sociedad, gobierno nacional, provincial, municipal y comunal -incluyendo al ejecutivo, legislativo y judicial-, sector privado y organizaciones no gubernamentales, trabajar por la paz y justicia social, pensando en construir una sociedad más justa, asentada sobre valores nobles como la igualdad de oportunidades para el ejercicio de derechos, respeto de las minorías, superación de la pobreza y la exclusión, diálogo y participación ciudadana, desarrollo económico y cuidado del medio ambiente. Muchas veces como sociedad, creemos que la violencia es sólo física o psicológica, y olvidamos que existen otras formas ocultas y silenciosas de ejercer la violencia, como es la exclusión y la pobreza. Cuando se excluye, se priva a las personas de los derechos más elementales, ejerciendo una forma invisible de violencia. Sin acceso a un trabajo o vivienda digna, al agua potable, a la educación y a la salud también es una forma de ejercer violencia. Como ciudadanos deberíamos reflexionar sobre nuestros actos y procederes, empezando a modificar lo que está al alcance de uno y contribuyendo con el colectivo para el logro de la paz y la justicia social. Porque si la violencia se impone como moneda de corriente, seguramente habremos fallado como sociedad.
Emiliano Arzuaga