Sábado 29 de Septiembre de 2012
El viejo ropero de madera empieza a temblar. Lo que parece un hogar liso y llano va comenzando a mostrar su enroscada trama desde el interior de ese mueble que se brota. La puerta del ropero se abre a 95 kilómetros por hora y aparece el Pibe, que es un grandote usando tiradores. Mamá y papá lo están buscando. Así asoma un triángulo extraño que da lugar al desarrollo de “Telarañas”, la obra escrita por Eduardo Pavlovsky que se presenta todos los viernes, a las 22, en el Centro de Estudios Teatrales, San Juan 842. La pieza está dirigida por la joven Malén Meazza Maté.
Las prácticas de la vida cotidiana suelen escabullirse de los estudios históricos y sociales. Pero si se entiende a la familia como institución molecular, puede verse en “Telarañas”, escrita y estrenada en lo peor de los años 70, un puente de doble mano entre ese micromundo privado y el clima represivo del afuera. El Pibe (Nicolás Palma) es un adolescente asfixiado por el manejo autoritario de la dinámica familiar que imponen los padres (Julia Tarditti y Federico De Battista). El triángulo incluye violencia física y un ensañamiento especial hacia el hijo: un lento filicidio va manchando toda la obra.
A través de “Telarañas”, Pavlovsky pudo hablarnos de esas pequeñas incubadoras familiares de autoritarismo sin las cuales no podría explicarse el consenso que la dictadura provocó en amplios sectores medios de la Argentina. Esta versión, a 35 años de su arriesgado estreno, es un recorte que el grupo Dedoenelojo lleva adelante con toda la fuerza de un grupo de jóvenes que se lanza con su primer espectáculo: meterse con “Telarañas” no es moco de pavo.
En este caso, la madre tiende a dominar con la palabra, pero el Pibe, con sus gestos y su silencio termina concentrando el sentido de la obra. El padre va y viene, pasa de autoritario a partenaire, con matices que le aportan varios grados de dinamismo al espectáculo.
La puesta logra recrear esa atmósfera minúscula y densa que se alimenta del contexto a través de imágenes televisivas que pasan revista de la propaganda oficial del Proceso, de los impúdicos actos del menemato y del estallido de 2001. Es la mirada de la sangre nueva que se lanza con todo al escenario la que le inyecta todo el valor a la obra, una propuesta que revisa la sociedad de nuestros padres y que desnuda una complicidad con el genocidio que se habrá llevado en muchos bolsos de mandados y se habrá guardado en más de un ropero de madera.