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La vida trunca de Santiago Laguia, el chico que buscó toda la ciudad tras la explosión

"El gordo", como le dirá siempre su madre, estaba a punto de recibirse de médico. Era fanático de Independiente, le apasionaban los canarios y llamaba todos los días a sus padres y su hermana.

Domingo 18 de Agosto de 2013

“Santiago quería ser deportólogo y soñaba con trabajar en Independiente. Era hincha fanático de ese club. El día que el equipo descendió no paró de llorar, pero no quería que lo vieran. Yo le decía:

– Llorá, gordo. Desahogate.

Entonces él se largaba con ganas y me decía:
– Qué querés, má. Nos fuimos a la “B”, somos de madera”.

Claudia Vaio está sentada de espaldas a un gran ventanal, en un edificio del centro de la ciudad de Pergamino. El departamento es de Carlos Laguia, su ex marido. Ambos se reunieron allí para recordar una vez más a Santiago, para volver a contar cómo fue la peor semana de sus vidas y para agradecer. Los acompaña su hija Macarena. Claudia dice que esa chica, que sufre con ellos, es la única razón para seguir viva.

Claudia y Carlos son los padres de Santiago Laguia, una de las 21 víctimas fatales de la explosión del edificio en Salta 2141 y uno de los últimos dos en ser rescatados. Macarena, “Maca”, es la única hermana.

El gordo

Santiago quería tanto a Independiente que se había hecho socio. Cuando encontraron su cuerpo, en el subsuelo del edificio destruido por la explosión, los rescatistas también hallaron su billetera. Adentro estaba el carné que lo reconocía como tal. Era el socio N° 1-092522.

En la misma billetera Santiago todavía guardaba la entrada de un partido entre Boca e Independiente. Se jugó el 11 marzo 2012 en la Bombonera y fue histórico: el Rojo ganaba 2 a 0 y 3 a 1, pero después perdía 4 a 3 y al final ganó 5 a 4. Los últimos dos goles, ambos del Tecla Farías, fueron en tiempo de descuento. Su papá recuerda que Santiago estaba exultante ese día. “Fuimos juntos y nunca me voy a olvidar cómo lo disfrutó”, afirma.

El gordo, como le dirá siempre su madre, también era hincha de Douglas Haig, uno de los clubes grandes de Pergamino. Jugaba en Comunicaciones, un modesto equipo del ascenso en la liga local. Ese club ahora le pondrá su nombre a la sede, en uno de los tantos reconocimientos que recibe por estos días.

Santiago estaba a punto de recibirse de médico. El jueves 8 de agosto iba a rendir Ginecología. Después sólo le quedarían Clínica General y Cirugía. Carlos, que es médico, dice que su muchachito había hecho una buena carrera.
El gordo cultivaba un hobby poco habitual: le apasionaban los canarios y tenía decenas de ellos. Cuenta Claudia que había adaptado un cuarto en la casa materna hasta convertirlo en un gran jaulón. “Pasaba horas mirando esos pájaros”, dice. Por las dudas aclara: el canario que apareció vivo debajo de los escombos que se tragaron a Santiago en Rosario no era de su hijo.

A Santiago también le gustaban los perros, como a su madre. Tenía muchos amigos y adoraba a Macarena. Ella le escribió una carta el día que, al cabo de una semana de incertidumbre, finalmente encontraron su cuerpo. “Te me fuiste campeón”, le dice azorada. La publicó en Facebook y decenas de usuarios la compartieron en sus perfiles.

En la vida de Santiago hubo un gran amor. La chica se llamaba Daniela, y Claudia sostiene que se amaban “de una manera difícil de describir”. Aquella pasión fue interrumpida por otra tragedia: Daniela iba en un auto que chocó un 31 de diciembre y al día siguiente murió. Santiago nunca pudo olvidarla.

“Gordo, traeme una novia”, solía reclamarle su madre un poco en broma y un poco en serio. El la miraba con ternura y respondía:

– Mamá, todavía no encontré a nadie que me haga olvidar a Daniela.

La mujer que hace apenas cinco días tuvo que enterrar a su hijo se aferra a una idea: “Quizás ahora esté con ella”, dice. En sus ojos cansados de llorar no hay lágrimas, pero el dolor que revela su voz estremece.
Hubo, de todos modos, alguien por quien Santiago pudo empezar a olvidar a Daniela. Se llama Pamela, es profesora de educación física y hasta las 9.40 del martes 6 de agosto era su novia. Se habían conocido en un viaje a Jujuy cuando él fue a alentar al “Milan de Pergamino”, como le dicen algunos a Douglas Haig. El estaba feliz. Claudia también.

Cuando estaba en Rosario, estudiando, Santiago llamaba varias veces por día a Pergamino. Hablaba con Carlos, con Claudia, con Maca. La semana previa a la explosión le contó a la mamá que se moría de frío. “En el edificio no tenemos gas. Tuve que ponerme unas medias en las manos”, le dijo. Preocupada, ella sólo atinó a sugerirle que se fuera a la casa de Pamela.

La explosión

A media mañana del martes 6 el teléfono de Claudia comenzó a sonar una y otra vez. La llamaban desde Rosario los amigos de Santiago. “¿Qué sabés del gordo?”, le preguntaban. Al principio ella no entendía. Pasó un rato hasta que armó un primer rompecabezas: la explosión sobre la que ya reportaban los noticieros de televisión parecía grave y no se descartaba que hubiera víctimas. El teléfono de su hijo no respondía.

Carlos estaba en La Plata cuando recibió un llamado de Claudia. Un rato después también lo contactaron un par de amigos y colegas. A las 11 ya viajaba rumbo a Rosario. Encontró a su ex mujer (el todavía dice “mi señora) frente a la playa de estacionamiento del supermercado La Gallega, en Oroño entre Salta y Catamarca.

Desde allí vieron una imagen que, a pesar del temor y la incertidumbre, les dio esperanzas. “El aparato de aire acondicionado del departamento de Santiago se veía entero”, recuerda Carlos. La destrucción que los rodeaba era un mal presagio, pero ese detalle los consolaba. El muchacho, se animaban entre ellos, tenía que haber escapado vivo al terrible estallido.

La búsqueda

Claudia no se movía del Centro de Especialidades Médicas Ambulatorias (Cemar), donde las autoridades sanitarias la contenían mientras los rescatistas trataban de encontrar bajo los escombros a Santiago y a otras “personas ausentes”. La supuesta declaración de alguien no identificado que al ver las fotos de Santiago afirmó haberlo sacado con vida del edificio colapsado aceleró sus pulsaciones. También las de Carlos, que seguía en Salta y Oroño las operaciones de búsqueda.

Horas después una presencia en el Cemar no anunciada previamente aumentaría sus esperanzas. “Vino el padre Ignacio y nos dijo que lo buscáramos”, recuerda Claudia mientras acaricia una foto en la que Santiago juega con sus dos perras. Primero el cura se lo dijo a Macarena y después a ella. “Me lo repitió tres veces”, remarca. Su intuición le decía que su hijo estaba bajo los escombros, como las víctimas que ya habían rescatado y las que faltaban, pero eligió aferrarse a la fe antes que a lo que le decía su propio cuerpo.

No le guarda rencor a Ignacio. “Al contrario, él me transmitió paz en un momento de mucha angustia”, dice.

Otro episodio inesperado potenciaría sus ilusiones. Fue cuando la empresa Claro le informó al juez Juan Carlos Curto que el teléfono de Santiago se había activado tres horas después de la explosión a varias cuadras de la zona cero. Eso disparó una formidable búsqueda en toda la ciudad y hasta en la ruta de Rosario a Pergamino, pero el muchacho no estaba en ninguna parte. “Algún día Claro me tendrá que explicar por qué informó eso”, se enfurece Claudia.

La búsqueda generó situaciones insólitas. Cuando Carlos vio en Youtube un video en el que supuestamente aparecía su hijo, en shock y deambulando, quedó perplejo: “La persona a la que filmaron era igual, tuve que mirar varias veces para darme cuenta que no era Santiago”, cuenta.

A Claudia le ocurrió algo parecido: la llevaban en auto hacia Gaboto y San Nicolás porque alguien avisó que había visto allí a su gordo. En un momento ella misma le gritó a quien conducía que se detuviera, porque le pareció verlo en una garita de colectivos. “Era alguien muy parecido. No sé qué le faltaba para ser Santiago”, recuerda ahora amargamente.

El peor final

A Claudia le encantan los perros tanto como le gustaban a Santiago. Durante la interminable semana en la que no supo dónde estaba su hijo visitó varias veces la carpa en la que los veterinarios asistían a los perros rescatistas.

La última vez fue el lunes 12 y ese día vio a Luna, la perra labradora que salió en todos los medios del país por su incansable búsqueda de víctimas. "Cuando me vio se puso muy nerviosa y empezó a ladrarme", cuenta. Los veterinarios tuvieron que cubrir la jaula con una manta para calmar al animal. La mujer pensó que era una mala señal, un signo inequívoco de que Luna había olfateado a Santiago bajo los escombros y al olerla a ella los había asociado. "Ya está, todo se terminó", le dijo a alguien que la acompañaba. Un rato después supo que los rescatistas habían encontrado dos cuerpos más, los últimos que buscaban.

Carlos seguía en la zona cero cuando se enteró del hallazgo de esos restos. Llevaba días hablando con el director de Defensa Civil de la provincia, Marcos Escajadillo. "Busquen en los ascensores", le pedía. Su hipótesis era que la explosión había sorprendido a Santiago y Luisina Contribunale, su vecina del octavo piso del bloque B, tratando de escapar a la fuga de gas que precedió a la explosión. Faltaba muy poco para saber que no se había equivocado.

Cuando llegó al Instituto Legal para reconocer el cuerpo, un colega le advirtió que sería duro. Su condición de médico le sirvió para entender el mensaje y decidió no verlo. No era necesario. "Preferí quedarme para siempre con esta imagen", dice mientras muestra la foto de Santiago que por esos días empapeló la ciudad. Es esa en la que el estudiante de medicina sonríe mirando a la cámara.

Un rato después el subjefe de la comisaría 3ª, subcomisario Jorge Albornoz, llamó a Carlos para entregarle lo que Santiago llevaba con él cuando encontró la muerte: un reloj, el celular que jamás se activó en ninguna parte, una tarjeta de crédito, el carné de socio de Independiente, un billete de un dólar y otro de 100 pesos. También la entrada de aquel inolvidable Boca-Independiente.

Carlos volvió a la zona cero. Llegó cuando bomberos y rescatistas daban por terminadas sus tareas y decenas de rosarinos bajaban desde los edificios linderos para agradecerles. Carlos se mezcló entre ellos y también aplaudió. Dice que jamás podrá olvidar a esos hombres y mujeres que trabajaron duro hasta encontrar a todas las víctimas. Y se quiebra.

Los agradecimientos

Los restos de Santiago descansan en un cementerio privado de Pergamino. Maca le dejó una carta y Carlos ya visitó la tumba un par de veces, pero Claudia prefiere no hacerlo. "El ya no está en ninguna parte", justifica.

En cambio, los tres se conmueven cuando recuerdan la solidaridad de los rosarinos. "Hicieron cosas increíbles, no lo olvidaremos nunca", dice Carlos. Claudia recuerda mucho a Rut, una psicóloga que la contuvo en los peores momentos y a la que espera volver a ver. Su ex marido menciona a la jefa de la comisaría de la mujer, Mariel Arévalo. "Cuando buscábamos a Santiago en toda Rosario me ofreció un móvil para entrar en los barrios más difíciles", recuerda. Su frase se entrecorta por la emoción, como tantas veces desde hace dos horas.

El futuro sin Santiago

Claudia, Carlos y Maca se preparan para lo que viene. "Tengo que seguir por mi hija", dice la mamá de Santiago con un hilo de voz. Menciona varias veces la palabra justicia y su rostro se tensa cuando sobrevuela el nombre de Cristina Fernández de Kirchner. También el de Carlos.

Carlos quiere que la explosión del 6 de agosto en una manzana de Rosario marque un antes y un después en la vida de los argentinos. "No es posible que un tipo haga volar todo y que muera tanta gente. No puede volver a pasar". Planea crear una fundación: se llamará "Fundación Santiago Laguia".

El jueves los tres volverán a Rosario. Caminarán desde el Monumento a la Bandera hasta la sede de Litoral Gas junto a la marcha de silencio para exigir que ninguna de estas muertes quede impune. Ellos saben que no estan solos.

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