La ultraderecha no es historia
En foco. La ultraderecha francesa, de la mano del Frente Nacional de Marine Le Pen, puede consolidarse mañana como primera fuerza electoral del país en el ballottage para cargos regionales. Si lo logra, se le abre un claro camino hacia la presidencia en los comicios de mayo de 2017. ¿Y los principios de la Revolución?

Sábado 12 de Diciembre de 2015

Si la única respuesta que encuentra Europa para hacer frente al terrorismo islámico es darle espacio a la ultraderecha, el camino hacia un enfrentamiento global y más sangriento es lo que se avecina.

En la primera vuelta de las elecciones regionales de Francia del domingo pasado, el Frente Nacional de Marine Le Pen emergió como la primera fuerza política del país. Ganó en seis de las 13 nuevas regiones que ahora se divide Francia y la ultraderecha espera que en el segundo turno electoral de mañana se confirme a Le Pen para presidir una de las regiones. De ahí a las elecciones presidenciales de mayo del 2017 hay un camino no tan largo, que podría encumbrar a un partido xenófobo, antisemita y ultranacionalista a gobernar la república de la Revolución Francesa de la libertad, igualdad y fraternidad.

Marine Le Pen obtuvo en esa primera ronda de los comicios regionales de hace una semana el 28 por ciento del total de los votos de los franceses, seguida por los partidos del conservador de centro-derecha y ex presidente Nicolás Sarkozy y del actual mandatario socialista Francois Hollande. Pero en la región norte del país, Marine Le Pen ganó con el 40 por ciento de los votos. Y su sobrina, que también integra el Frente Nacional, obtuvo un resultado similar en el sureste. Si se confirma esta tendencia, la ultraderecha se consolidará como la primera minoría francesa.

Sin embargo, lo que sería una tragedia para Francia, podría abortarse a último momento si el electorado socialista y de centro-derecha votan masivamente contra Le Pen.

El crecimiento de la ultraderecha francesa ha sido realmente sorprendente en los últimos años. En las elecciones del 2009 había obtenido el 6,3% de los votos pero cinco años después, en los comicios para el Parlamento Europeo del año pasado, llegó al 25%, con lo que pasó de tener 3 a 23 eurodiputados. Con ese número logró en junio de este año formar un bloque con representantes de ultraderecha de otros seis países llamado “Europa de la Naciones y de las Libertades”, que incluye entre otros a la neofascista Liga del Norte italiana. Ahora, el grupo de Marine Le Pen cuenta con 39 de los 751 miembros del Parlamento, una fuerza menor pero no por eso sin importancia. Como un dato de la historia, cuando Adolf Hitler fue nombrado canciller de Alemania en enero de 1933 su partido nacionalsocialista había obtenido en las elecciones un 33 por ciento de los votos. En 1924, ocho años antes, sólo había logrado el 3 por ciento de los sufragios.

En familia. El racista Frente Nacional fue fundado por Jean Marie Le Pen, el padre de Marine Le Pen, en la década del 70. Siempre atrajo sólo a sectores marginales por sus propuestas ultranacionalistas hasta que lentamente y de la mano de la crisis social que produjo años de inmigración sin una buena inclusión, llegó a disputar el ballotage presidencial en 2002 con Jacques Chirac.

El pueblo francés reaccionó a tiempo en ese entonces y Chirac le ganó en la segunda ronda a Jean Marie Le Pen por 82% a 17%, aunque el líder del Frente Nacional había obtenido en primera vuelta nada menos que casi cinco millones de votos. Sus propuestas siempre fueron las mismas: hacer responsables de todos los males del país a los inmigrantes, sobre todo musulmanes, incitar el odio racial, negar el holocausto (“las cámaras de gas fueron un detalle de la historia”) y reivindicar el gobierno nazi de Petain en Francia.

En 2014, en plena campaña para renovar su banca en el Parlamento Europeo, dijo que con “tres meses de ébola se pueden arreglar la explosión demográfica mundial y detener la inmigración masiva a Europa”.

Después de los ataques de noviembre pasado en París, propuso reestablecer la pena de muerte por decapitación contra los terroristas de Estado Islámico, suprimir la doble nacionalidad, crear cien mil plazas más en las prisiones y expulsar a los inmigrantes que “no respeten ningún derecho social”.

Jean Marie Le Pen, ya casi nonagenario, cedió la conducción del Frente Nacional en 2011 a su hija Marine, quien intentó suavizar el discurso del partido para lograr atraer a la derecha conservadora, pero no fanática. Por eso, en agosto de este año y luego de muchas rencillas familiares entre padre e hija, Jean Marie Le Pen fue expulsado del partido que él mismo fundó. A partir de allí, Marine comenzó a darle un giro decisivo a un discurso que ya sonaba anacrónico y eliminacionista y se dedicó a sacar provecho de la crisis política que sacude a Francia por la ola terrorista del islamismo radicalizado que sólo este año causó la muerte de alrededor de 150 personas. A todo este panorama se le suman los millones de musulmanes que viven en Francia, muchos de los cuales no han logrado integrarse económica ni socialmente al país. Es una burbuja que cada tanto estalla en los barrios marginales de las grandes ciudades.

¿Estrategia? No deja de llamar la atención la ruptura ideológica de Marine Le Pen con su padre sobre política interna francesa porque a nivel europeo el bloque que ella formó este año está integrado por la ultraderecha más recalcitrante del continente. Tal vez se esté pergeñando una estrategia que consistiría en depositar lo peor de la xenofobia y el neofascismo en la figura del anciano padre y despejarle el camino a su hija para las presidenciales del 2017. ¿Si Marine Le Pen llega a la presidencia, volverá a las fuentes y tratará el problema de la inmigración musulmana con herramientas que traerán más violencia? ¿Después seguirá con los gitanos y otras minorías?

Antes de las elecciones presidenciales de Francia, Estados Unidos elegirá, en noviembre del año próximo, al sucesor de Barack Obama. El Frente Nacional francés tiene en la figura del precandidato republicano Donald Trump un socio ideológico de magnitud porque sus propuestas van de la mano de la ultraderecha francesa. Después del ataque de dos personas armadas, hace unos días, en una ciudad de California que causó la muerte de 14 personas, Trump reclamó que se prohíba entrar al país a todo musulmán al revelarse que los que cometieron el ataque eran islamistas radicalizados con vínculos en el extranjero. Ya había prometido expulsar del país a todos los inmigrantes ilegales y levantar un muro en la frontera sur con México.

Una hipotética presidencia de Marine Le Pen en Francia y de Donald Trump en Estados Unidos pondría al mundo al borde del abismo, porque potenciaría lo peor del sentimiento nacionalista en muchos países a manera de un abyecto dominó político que haría girar a Occidente hacia un punto sin retorno: el abierto enfrentamiento con millones de musulmanes en todo el planeta, que en lugar de terminar con el fenómeno terrorista provocará más radicalización y muerte.

El retorno de la extrema derecha a la escena mundial después de la Segunda Guerra Mundial no es novedad. El intento más logrado fue en Austria de la mano del neonazi Jorge Haider a comienzo de este siglo. Su partido logró ser parte del gobierno y la propia Unión Europea sancionó al país. Luego todo se fue diluyendo hasta que Haider murió en un accidente cuando conducía borracho y a alta velocidad su propio auto.

¿Pero cuántos seguidores de Haider y Le Pen existen en Europa? Un triunfo presidencial de la ultraderecha francesa sacaría del closet a millones que, como ya se ha visto en generaciones anteriores, tienen internalizado el odio al extranjero y postulan la eliminación del diferente como una manera de justificar sus propias dificultades.

¿Qué hacer? El Estado democrático no puede volverse terrorista, racista y xenófobo para combatir el terror, pero al mismo tiempo no puede tolerar que sus ciudadanos mueran víctimas del fanatismo criminal. ¿Entonces? No hay magia para terminar con el fenómeno del terrorismo islámico. Entender sus orígenes, combatirlo dentro de la legalidad y tratar de modificar su estructura de adoctrinamiento juvenil son tareas más que obvias, pero nunca cercanas a la putrefacta ultraderecha que no hará otra cosa que hacer de este mundo un lugar mucho más inseguro para todos.