Lunes 09 de Junio de 2014
Desde hace cinco años visito la región centro-norte de la provincia de Formosa y, en ese lapso, recorrí cientos de kilómetros a través de su territorio y el del Chaco, visualizando campos vírgenes cubiertos de binales, puentes cruzados por riachos, esteros y bañados donde sobrevuelan caranchos, pala-pala y tuyangos. Divisé extensos latifundios fiscales desaprovechados para la explotación agrícola-ganadera y dentro de esta verde y despoblada geografía reflexioné sobre la posibilidad de incentivar el cultivo de estas tierras para generar fuentes de trabajo mediante su adjudicación a las familias que deseen trabajarlas o para la construcción de viviendas financiadas por el Banco Central a través de una línea de créditos similar a los planes Procrear. Esta medida posibilitaría la erradicación de las familias residentes en los grandes núcleos urbanos como ser la Capital Federal, el conurbano bonaerense, Córdoba o Rosario, y liberarlos del estado de hacinamiento y de promiscuidad en el que viven, caldo de cultivo para la proliferación de la droga y de otros vicios. Nuestro país no puede darse el lujo de concentrar el 40 por ciento de su población, 16 millones, aproximadamente, en una provincia y mantener semi-desiertas a otras, generando una desigualdad social por los privilegios de que gozan unas y las carencias que sufren otras. Para llevar adelante este proyecto, el Estado nacional debería proveer los medios para desarrollar este emprendimiento, como ser, el personal idóneo para realizar estudios hídricos que permitan la localización y la extracción de agua dulce apta para el consumo animal y humano; obras de electrificación rural; construcción de escuelas, centros de primeros auxilios, rutas, entre otros. Ambas provincias poseen una rica cuenca hídrica proveniente de los ríos Pilcomayo y Bermejo en el caso de Formosa y el Salado, Paraná y Bermejo en el del Chaco, que riegan subterráneamente sus fértiles tierras. Esta medida permitiría la creación de fuentes genuinas de trabajo mediante el cultivo de la tierra sin depender de la limosna del Estado paternalista que corrompe la conciencia de muchos hermanos a cambio de favores políticos. El gobierno nacional dispone de los recursos económicos para desarrollar este ambicioso proyecto; es verdad también que las familias que se aventuren a establecerse en estas regiones deberán luchar contra los molinos de viento representados por el agobiante calor y la escasez de lluvias. Al respecto es bueno recordar que si los colonos judíos llevaron el riego hasta el desierto, si los japoneses cultivan sus hortalizas dentro de cajones en sus terrazas y si los italianos cosechan las uvas en las laderas de las montañas, por qué no lo podemos hacer nosotros en nuestras fértiles tierras. Tal vez mi propuesta pueda parecer una utopía, un sueño de difícil concreción, pero un largo camino se comienza dando un paso. Este puede ser el primero.
Jorge Raul Biagiola
DNI 6.134.352