Jueves 04 de Abril de 2013
La renuncia de Benedicto XVI es una decisión excepcional en la historia del papado, pero no es el único Papa dimisionario. El primero fue Clemente I (del 88 al 97) quien renunció a favor de Evaristo porque al ser arrestado y condenado al exilio no quiso que los católicos se quedasen sin un guía espiritual. El Papa Ponciano (230/235) dejó su cargo al Papa Antero al haber sido enviado al exilio. El Papa Silverio (536/537) fue obligado a renunciar a favor del Papa Virgilio. Benedicto IX (10 de marzo al 1° de mayo de 1045) renunció a favor de Silvestre III y después retomó el cargo para pasarlo a Gregorio VI, quien fue acusado de haberlo adquirido ilegalmente y también renunció. El caso más conocido es el de Celestino V (1294) quien cinco meses después de asumir decidió abandonar la silla de Pedro (entonces con sede en Nápoles) porque se dio cuenta que carecía del conocimiento del mundo y de las dotes de gobierno necesarias para ser un buen Papa. Su sucesor, Bonifacio VIII (trasladó la sede papal a Roma) lo persiguió por haber renunciado y lo mantuvo prisionero hasta su muerte el 19 de mayo de 1296. El último precedente es el de Gregorio XII (1406/1415) quien vivió el "Cisma de Occidente" en el que hubo tres Papas: Gregorio XII, Papa de Roma; Benedicto XIII, Papa de Avignon y el llamado "antipapa" Juan XXIII. Con el concilio de Constanza, el emperador Segismundo ordenó renunciar a los tres pero sólo Gregorio XII obedeció y en su lugar fue elegido Martín V. Ahora bien, las renuncias libres y voluntarias de quienes ocupan altos cargos vitalicios, como el Papa Benedicto XVI y la reina Beatriz de Holanda (el 30 de abril entregará el trono a su hijo Guillermo), crean expectativas, abriendo puertas y ventanas para que ingrese una corriente de aire fresco. Corriente que va de contramano de lo que sucede desde hace unos años en algunas democracias electivas donde sus líderes se aferran al poder acomodando las constituciones a su afán de eternizarse en sus cargos.
Carlos Alberto Parachú