Escenario

La realidad desafía la tradición del Oscar

Hollywood y la industria del cine en general se enfrentan a un escenario inestable condicionado por la pandemia y los cambios de hábito de los espectadores

Domingo 25 de Abril de 2021

Existe un antes y un después de la pandemia. Para los Oscar también. El Oscar, y la industria en general, se transformaron, tironeados por algunos de los siguientes factores: la entrega de premios ya no será necesariamente presencial y no habrá público; el rating de la ceremonia -el gran negocio detrás de la transmisión que sólo en 2018 reportó a la cadena ABC 132 millones de dólares-, está en caída desde hace varios años, aunque quizás encuentre un repunte en la expectativa que generan los cambios anunciados para esta noche; el cine tradicional, a partir de la pandemia, debió competir con la proliferación de plataformas de streaming durante todo el año pasado y seguramente lo seguirá haciendo.

Otro elemento de peso es la transformación de los hábitos de consumo que impulsó el streaming -comodidad, diversidad de orígenes, estilos y géneros, acceso a producciones antes reservadas a cine clubes o acontecimientos extraordinarios en las salas- definitivamente captó una gran parte del mercado; ese mismo mercado se ve afectado por un recambio generacional, una nueva franja etaria que, gracias a la multiplicidad de opciones, ya no depende de la oferta tradicional para definir sus elecciones y sus gustos cinematográficos. Y esos intereses culturales bombardeados a su vez por diferentes industrias como la de las redes sociales capaces de moldear o direccionar espectadores en base a algoritmos; la producción de películas a nivel mundial y por regiones a cargo de las plataformas, como los casos de Netflix, Disney o Amazon, y por último, la estrategia de estrenar películas casi simultáneamente en salas y plataformas, impulsada por la propia industria como una manera de proteger su existencia.

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La ceremonia, que a lo largo de sus casi 100 años se resistió a cambiar sustancialmente su formato, finalmente debió hacerlo. Obligada por los protocolos sanitarios, según Steven Soderbergh que tiene a su cargo la producción del evento, será algo más parecido a ver una película de tres horas que a la tradicional gran fiesta de la industria.

A muchos nos gusta preservar las tradiciones con las que crecimos: el cine se ve en una sala, los Oscar eran el gran evento de la temporada porque informaba sobre películas que había que esperar meses para ver -con suerte- en alguna sala pequeña o en un cine club, una época en la que descubrir la cinematografía de países asiáticos, árabes o centroeuropeos era un acontecimiento exótico y extraordinario. Acostumbrados al tiempo que demanda la ceremonia de ir al cine -preparativos, viaje a la sala, ver la película y café o cena posterior-, presenciar un espectáculo de tres horas como la entrega del Oscar, no parecía nada extraño. Pero hoy las distancias geográficas se redujeron a un clic y a una conexión a internet.

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En ese contexto, y lo que resulta más intrigante, es si una parte de la Generación Z que creció a golpes de clics, videos de un minuto en TikTok, historias de Instagram de 30 segundos, formatos dinámicos como los podcast y series por internet con capítulos de entre 5 y 15 minutos, están dispuestos a ver una película de tres horas como la que anunció Soderbergh que serán los Oscar. En un escenario normal de prepandemia, es posible que algunas de las candidatas a mejor película no hubiesen convocado a grandes masas de chicos y chicas agolpándose para ver “Mank”, “Minari”, “Nomadland” o “El padre”. Y desde ese punto de vista, tal vez el destino de esas producciones, así como la larga ceremonia en la que compiten, les resulte cada año más intrascendente.

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