La política argentina ya no será la misma
La elección del Papa Francisco tomó una significancia extraordinaria que, en el primer borrador, encontró mal parado al gobierno nacional y al ala más radical del kirchnerismo.

Sábado 16 de Marzo de 2013

Jorge Bergoglio será el argentino más influyente de toda la historia en las tablas del poder internacional. Ese dato, por sí solo, le confiere a la elección del Papa una significancia extraordinaria que, en el primer borrador, encontró mal parado al gobierno nacional y al ala más radical del kirchnerismo.

   Se ha dicho desde siempre que los papas se transforman en materia de real politik en influyentes lobbistas a la hora de pujar y conseguir el crédito para determinados intereses. Pues bien, el nuevo CEO de Dios en la Tierra ejerce su influencia pastoral sobre 1.200 millones de católicos. Es argentino. Y es peronista.

   De ahora en más, ante cada decisión de Cristina Fernández, y frente a cada episodio que tenga el sello made in Argentina, el rebote informativo tendrá la misma línea: será fechado desde “el país del Papa”. Un antes y un después.

   De manera insólita, algunas referencias oficiales u oficialistas consideraron que la elección de Bergoglio era una especie de resolución 125, esta vez de impronta clerical, y que la decisión de ungirlo llevaba en su entraña un plan destinado a complicar a los gobiernos progresistas de la región. Una cadena de dislates que llevó a que el propio Vaticano tuviera que denunciar “una campaña calumniosa y anticlerical de larga data” pergeñada desde la Argentina. Algunas voces kirchneristas ubican al Sumo Pontífice más cerca del infierno de la dictadura que del cielo pastoral.

   La relación de Bergoglio con los Kirchner siempre fue muy mala, atravesada por gestos de desconfianza y episodios llamativos. Incluso, en su momento, lo calificó como un ariete de la oposición.
  En 2011, la presidenta presenció la homilía del arzobispo Fabriciano Sigampa, en Resistencia, para evitar la de Bergoglio en la catedral metropolitana, donde emitió un duro mensaje en el que pidió “desterrar las ambiciones desmedidas” y criticó los “delirios de grandeza” de los gobernantes. Antes de eso, Bergoglio hizo declaraciones en las que sostuvo que “el peor riesgo es homogeneizar el pensamiento” y llamó a terminar con la “crispación social”. Pocos recuerdan que fue el hoy Papa quien ofició de disparador para que desde el kirchnerismo se ironice con la consigna “cris-pasión”.

   Aquella vez, el entonces arzobispo de Buenos Aires mensuró que “desde hace años el país no se hace cargo de la gente”. Tras esos fortísimos contrapuntos Cristina recibió a Bergoglio en la Casa Rosada. Sin dudas, el “habemus Papam” pronunciado desde el balcón central del Vaticano habrá generado extrañas sensaciones en la humanidad de la presidenta.

   La jefa del Estado tendrá que convivir sus dos últimos años de mandato con un Sumo Pontífice argentino como ella, peronista como ella, pero que la encuentra en una vereda ideológica diferente y enfrentada. Frente a este intríngulis, los analistas internacionales tendrán un acelerado y apetitoso curso sobre peronismo. Humildemente, se les recomienda la lectura de “No habrá más penas ni olvidos”, de Osvaldo Soriano, con las bandas en pugna tiroteándose al tiempo que gritan la misma consigna: “¡Viva Perón!”.

   Peronista al fin, Cristina podría poner en práctica el pragmatismo para encauzar la relación con Bergoglio, con quien no ha comulgado nunca pero que —ahora— se convirtió en uno de los hombres más poderosos del planeta.

   El primer capítulo del deshielo podrá llegar en la inminente ceremonia de entronización, cuando el Papa extienda su mano para que la presidenta bese el anillo, símbolo de su autoridad que sólo comparten los obispos y otros príncipes de la Iglesia.

   Nace para el análisis político local un nuevo incentivo, un nuevo foco de interés que obligará a extremar la atención cada vez que Francisco direccione las líneas —o las entrelíneas— hacia las cuestiones nativas. Un primo cartelle que se coló de manera inesperada en el “vamos por todo” que con prisa y sin pausa viene llevando adelante la presidenta de la Nación.