La parábola del ídolo
Nadie duda de que la televisión es un trampolín a la fama. A veces esa notoriedad es tan efímera que la historia no llega a registrar el paso del “famoso” y su recuerdo se pierde a manos de otro “famoso” que viene detrás.

Martes 05 de Enero de 2010

Nadie duda de que la televisión es un trampolín a la fama. A veces esa notoriedad es tan efímera que la historia no llega a registrar el paso del “famoso” y su recuerdo se pierde a manos de otro “famoso” que viene detrás.

Roberto Sánchez fue un muchacho al que la fortuna puso frente a las cámaras de la incipiente televisión argentina en el programa “Sábados Circulares”, que conducía el inefable Pipo Mancera, allá en los años 60 del siglo pasado. Aquel ciclo tan impactante y de masiva convocatoria registró la aparición de un cantante que emulaba a Elvis Presley y, al igual que el ídolo de Memphis, se entregaba al desenfreno del rock and roll, para delirio de unos y horror de otros.

Pero la fama del artista no resultó efímera y se consolidó con el paso de los años y al compás de los cambios que Roberto Sánchez supo imponerle a su personaje, que quedará impreso en la historia de la música popular latinoamericana con el nombre de Sandro.

Roberto Sánchez frecuentaba la cueva del rock de Once, aquel mítico reducto donde recalaban Billy Bond, Litto Nebbia, Tanguito, Moris y tantos otros que hoy son considerados los padres del rock argentino. Allí dejaba escapar su espíritu rockero que canalizaba los sueños del pibe de Valentín Alsina. Sin embargo, su historia encontró el camino en otro andarivel musical. No siguió los pasos de los rockeros sino que se volcó a la música melódica.

Un estilo único

En ese terreno comenzaba a imponer un estilo único —a veces duramente criticado por lo efectista— con el que conquistaba el arrobamiento de legiones de chicas que ya habían probado la emoción del grito frente a sus ídolos. Y Sandro las hacía gritar, llorar y soñar.

Paralelamente, en los últimos años de la década del 60, el cine argentino abonó la fama de El Gitano haciéndolo protagonista de películas que, como tales, no integrarán jamás el catálogo de ninguna cinemateca, pero son un contundente testimonio de la pasión que despertó el ídolo en sus fanáticas. Historias sencillas —casi pueriles— de muchacho bueno, conquistador, y de corazón grande y generoso sirvieron para apuntalar y abonar la fama del cantante.

Miles y miles de argentinos bailaron (y conquistaron) mientras Sandro cantaba desde el Winco y enternecía a las chicas, convirtiéndose en cómplice invalorable para los muchachos. Eran los años en los que el acercamiento entre varones y mujeres no era una cosa sencilla. Era necesaria una conjunción de muchos factores para que ellas dejaran que ellos las abrazaran más fuerte en el contacto efímero del baile. Y en esas circunstancias Sandro era un ladero de valor inapreciable.

Otras rasgos de su vida abonaron el mito que se fue agigantando con el paso del tiempo. Por ejemplo, su casa de Banfield, rodeada por un inexpugnable murallón que ocultaba la vida del ídolo a los ojos del vecindario. Sandro sólo aparecía con motivo de algún show. Nunca se lo vio frecuentando las pasarelas farandulescas ni dando pasto a los difusores de chismes. El hombre cultivó el recato hasta convertirlo en un método de vida, con códigos de tipo con calle. También mantuvo vivos algunos valores que a su alrededor iban cayendo en el olvido al mismo ritmo con el que avanzaban los tiempos: la amistad fue un culto que jamás desconoció.

En Rosario, Alberto J. Lorente —el conocido AJ—, fue una especie de llave que le abrió las puertas del país. Cuando Sandro salía de Buenos Aires su agenda laboral era manejada por AJ. La relación fue tan profunda y sólida, que El Gitano convirtió a la ciudad (junto a Junín) en punto de partida de cada nuevo show que presentaba. Y su amigo y representante era el primero en saber qué pasos artísticos daría.

El mito de Sandro fue creciendo y, ya en los 70, se hablaba de “Sandro de América”, con un título que era fiel reflejo de la fama cosechada por el ídolo.

El seductor y sus sueños

Sin dudas lo que le permitió tal proyección fue su personalidad, más allá de sus dotes musicales. Sandro compuso y cantó, pero fundamentalmente sedujo. Hoy sus “nenas” son abuelas que no renuncian a sus sueños juveniles. Ese quizá sea uno de los mayores logros del artista.

El tiempo le permitió concretar sueños de barrio, como comprarle una casa a sus padres. Y otros como tener los mejores autos; sufrir “el precio de la fama”, escapando de sus fans; y vivir de la música, su pasión. Protagonizó películas, vivió tórridos romances secretos, condujo programas televisivos y hasta fue homenajeado por el mundo político.

Sin embargo, da la sensación de que nunca dejó de ser un muchacho de Valentín Alsina o de cualquier barrio de una gran ciudad. Ni siquiera cuando todos lo consideraron como uno de los últimos ídolos populares de la canción argentina.

Quizá para cumplir con el ritual de eternidad Sandro se fue siendo un hombre joven, aunque luchó heróicamente por quedarse. La parábola terminó de dibujarse tras una larga pelea. Queda la memoria de un ídolo cuya efigie probablemente decore colectivos junto a Gardel, Perón, la Virgen de Luján y el Che Guevara. Y eso significa, ni más ni menos, que ocupar un lugar en el corazón de su gente.