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La “pacificación” de las favelas de Río corre peligro

Desde que la policía tomó hace tres años por asalto las laderas donde vive su familia, Caroline Oliveira ha estado esperando que las cosas mejoren.

Domingo 30 de Marzo de 2014

Desde que la policía tomó hace tres años por asalto las laderas donde vive su familia, Caroline Oliveira ha estado esperando que las cosas mejoren. Y es cierto, las bandas de narcotraficantes que controlaban en el pasado su barrio de Río de Janeiro son menos dominantes. Pero pocas de las demás cosas que le prometieron se cumplieron. Aunque vive en una zona metropolitana de esta ciudad de 11 millones de habitantes, su suministro de agua es interrumpido a menudo. El transporte público queda tan lejos que Oliveira aún depende de costosas furgonetas para desplazarse. Y las escuelas y servicios de salud pública que les prometieron los creerá el día que realmente los vea. “No ha cambiado mucho”, dijo la mujer de 20 años, madre de dos hijos, que pasó las últimas semanas pidiendo donaciones a sus vecinos para montar una guardería en su pequeño rincón del Complexo do Alemo, un enorme conjunto de viviendas de ladrillo visto al norte del centro de Río, donde las cloacas están a cielo abierto y la basura se acumula.

   La llamada «pacificación» de Río está encontrando problemas. El esfuerzo de retomar enormes partes de la ciudad en control de los criminales mediante ocupaciones policiales de los barrios históricamente violentos no está logrando el apoyo de la población. El gobierno esperaba que la pacificación mejorara el nivel de vida de los residentes, calmara sus sufrimientos y mostrara un Brasil próspero y pacífico en el Mundial de Fútbol de este año y los Juegos Olímpicos de 2016.

   Tras medio siglo de negligencia, parecía que el gobierno finalmente se preocupaba por las favelas cariocas. Cinco años después de lanzado el programa, la policía mantiene ocupadas 37 grandes favelas donde viven unos 1,5 millón de personas. Debido al éxito inicial en expulsar a los traficantes, la iniciativa se transformó en un experimento seguido de cerca y que funcionarios en otros países emergentes pensaron en replicar. También se transformó en una forma de evaluar si la mayor nación de América latina sería o no capaz de cumplir con las ambiciosas metas de desarrollo social que se autoimpuso durante la reciente década de boom económico.

Años dorados. Muchos de los proyectos emblemáticos lanzados durante esos años dorados fueron dejados de lado, incluyendo un tren bala para conectar Río con San Pablo y mejores aeropuertos, ambos proyectos que se suponía estarían listos para la apertura del Mundial el 12 de junio. Pero más mortificante es el hecho de que los funcionarios de Río todavía no cumplieron promesas más modestas, como cloacas y servicios básicos de agua para las comunidades más pobres. Los atrasos, agravados por culpa de la corrupción, falta de presupuesto y otras prioridades políticas, hacen que hasta el jefe de las fuerzas de seguridad del Estado de Río tema que la pacificación esté siendo socavada. “Esto es como un procedimiento médico en el que nosotros suministramos la anestesia”, dice el secretario de Seguridad de Río, Mariano Beltrame. “Si después no hay cirugía, el paciente se despierta con los mismos problemas”. Y últimamente el paciente ha estado agitado. La violencia ha rebrotado en muchas favelas.

   Los funcionarios de seguridad y sociólogos advierten que sin una mayor presencia del Estado en los barrios, es más probable que los jóvenes y otros residentes de esas zonas pauperizadas acepten el regreso de los narcos y otras bandas criminales. En el Complexo do Alemo, bandas armadas mataron a cuatro policías en emboscadas recientes. En Pavo-Pavozinho y Cantagalo, dos favelas en las colinas que miran sobre las playas más populares de Río, volvieron a estallar tiroteos tras cuatro años de paz. Algunas zonas «pacificadas» están tan fuera de control que la presidenta Dilma Rousseff aprobó la semana pasada un pedido del gobernador carioca para reforzar a la policía con tropas federales.

Antenas sin señal. Con la seguridad otra vez amenazada, muchos residentes ya no tienen fe en las promesas de una mejor salud y educación. “Para muchas personas aquí la realidad es todavía la completa falta de servicios”, dijo José Martins de Oliveira, un líder comunitario en Rocinha, la favela más densamente poblada de Río con 70.000 personas. El y otros activistas se reunieron recientemente para planear una campaña exigiendo cañerías para el lodo fétido que aún corre por las alcantarillas abiertas de la Rocinha. El sonido seco de los disparos más arriba en la colina retumbaba en la habitación. Al otro lado de la calle, una guardería pública está siendo terminada después de años de retrasos.

   Leandro Lima, quien estudia para ser realizador de documentales, señala una antena encima de un farol en la calle, una de muchas instaladas en 2010 por el Estado para llevar Internet de banda ancha a la comunidad, un proyecto denominado «Rocinha Digital». “Busque la señal. No existe”, sentenció.

Desarrollo desigual. Como ocurre con los barrios pobres en otros lugares, las favelas cariocas surgieron como consecuencia de las desigualdades sociales y el desarrollo errático. Inmigrantes de las zonas rurales, sobre todo del nordeste históricamente pobre, llegaron a la ciudad en el último siglo en busca de trabajo y se instalaron en las colinas sobre los distritos más ricos. Allí la demanda de mano de obra era mayor y, además, tampoco había muchas otras opciones en una ciudad atrapada entre el mar, lagunas y montañas.

   El alcalde de Río, Eduardo Paes, dijo en 2013 que las favelas eran una “solución” orgánica para la vida urbana. Su densa y laberíntica arquitectura, resultado de un desordenado desarrollo a medida que las personas construían donde podían, ofrece una lección para poblaciones densas de otros lugares, explicó.

   Pero los urbanistas critican las favelas tal cual están hoy, en especial los riesgos para la salud y la seguridad por culpa de los deshechos no tratados, cables de electricidad empalmados y construcciones irregulares. “Claro, son una solución para los espacios reducidos. Pero no se pueden ignorar los problemas que ocurren”, dice Luiz Carlos Toledo, un arquitecto que ganó en 2005 un contrato para proponer un plan rector para Rocinha.

   Los intentos por mejorar las favelas empezaron en la segunda mitad de la década pasada, cuando el boom económico de Brasil coincidió con un cambio en la marea de la política en Río. Por primera vez en décadas, las autoridades de la ciudad y el Estado se aliaron con el gobierno federal.

   El Estado, que está a cargo de la seguridad, comenzó las pacificaciones a fines de 2008. Coincidiendo con el boom, la ofensiva de la policía dio a Río un brillo no visto desde los días de la «bossa nova» y los años dorados del fútbol, hace medio siglo. Pero la euforia llevó a un exceso de autoconfianza. “Fueron hechas muchas promesas imposibles de cumplir”, dice Eduarda La Rocque, presidenta de una agencia municipal que reúne datos y evalúa las necesidades sociales de las favelas. “Hay inversiones, pero no al ritmo que muchos esperaban”.

   Los escépticos que viven en las favelas creen que lo poco que se logró hasta ahora es para mostrar resultados y dicen que las pacificaciones son una ilusión que se desvanecerá después de los Juegos Olímpicos.

Barrios no planificados. Tareas aparentemente simples, como la recolección de basura, resultan difíciles en callejones desconocidos que no aparecen en los mapas. Las favelas, con sus casas mal edificadas y marañas de cables de electricidad improvisados, no son un terreno virgen donde los funcionarios pueden construir una ciudad planificada. Eso significa que muchos proyectos demorarán todavía años.

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