La obra de Roberto Fontanarrosa
La vasta obra de Roberto Fontanarrosa es un claro ejemplo de patrimonio cultural, el que se encuentra jurídicamente protegido por el artículo 41 de la Constitución Nacional y legitima a cualquier habitante de la provincia para defenderlo. ¿Cuándo una obra alcanza ese nivel?

Miércoles 28 de Diciembre de 2011

La vasta obra de Roberto Fontanarrosa es un claro ejemplo de patrimonio cultural, el que se encuentra jurídicamente protegido por el artículo 41 de la Constitución Nacional y legitima a cualquier habitante de la provincia para defenderlo. ¿Cuándo una obra alcanza ese nivel? Cuando su importancia artística y su valor como reflejo de identidad de una sociedad excede los límites privados de su autor y es disfrutada en forma universal por toda la sociedad que la contiene. En nuestro caso, rosarinos y argentinos después, acaso internacionales, hemos podido gozar intensamente de la calidad artística y cultural de la obra de Roberto Fontanarrosa y ahora se expande entre todos nuestros sucesores y vecinos. Lo tuvimos en vivo desde que fuimos sus amigos, sus ocasionales compañeros de trabajo o de la vida, o sus seres más inseparables de él. Todo cuenta. Lo importante es que de a poco vimos nacer y crecer a uno de los genios propios más significativos. Su mirada y su discurso, verbal o gráfico, daban cuenta con una compleja sencillez del drama de todos nosotros y de la realidad, día tras día. Conforme él mismo iba creciendo, pasaba a la vez su obra por publicaciones representativas de la ciudad y de la temperatura social. Acaso como las canciones de su amigo Serrat, sus obras pasaban por la evocación brumosa de la amada juventud, por la consagración de los sueños, por la dignidad de la seducción adulta y por la tristeza inevitable de la vejez o de la muerte. Los hay quienes pudieron eludirla y quienes no, pero todos aquellos que lo conocimos podemos afirmar que su trabajo fue expandiéndose por todo el mundo, portando el secreto sencillo de la vida común, del hombre que triunfa y fracasa, del que es, y sobre todo, del que quiere ser y no puede o no lo dejan. Esa universalidad en la medida patética del hombre que él ha dibujado y hecho hablar, y que las editoriales han expandido por todo el mundo, es la que ha fundado el patrimonio cultural que Roberto, que sin decirlo expresamente, legó a todo el mundo. Poco importa entonces quién tenga las regalías, aunque podría no faltar el que con razón barrunte que solidariamente todos hemos sido su inspiración, sobre todo los fracasados, y de allí que sería justo compartir la bonanza que produce nuestra propia caricatura. Fuera de eso que no espero que suceda, ese patrimonio cultural, literario, gráfico, coloquial, es de todos. Excede por mucho el interés de las partes en conflicto. ¿Podría un heredero de Picasso decir que la obra del genio no se verá públicamente jamás porque él se opone a ello? Picasso ya no es de Picasso, Rodin no es de Rodin. Y la obra de Roberto, del Negro Fontanarrosa, Inodoro Pereyra, Mendieta, Boogie y todos sus terribles personajes, y en especial los que estaban nacidos pero sin salir a la vida, más allá de quien tenga el derecho de su renta, ya no es de sus herederos, ese tesoro de humor, de patética risa y de inteligencia, ese naciturus, no es de ellos. Es de nadie, es de todo el mundo. Son nuestros intereses difusos (artículo 1º de la Ley 10.000). Es nuestro intangible patrimonio cultural.

Jorge Enrique López Mirossevich