Domingo 23 de Noviembre de 2008
En la cumbre del G-20 celebrada en Washington la presidenta de la Nación bregó por "otro capitalismo, uno que busque generar puestos de trabajo" y "progreso social". ¿Quién puede estar en contra de tal deseo? Ahora bien, ¿es posible un capitalismo como el soñado por Crisitina? El capitalismo es un régimen económico creado para proteger los intereses de los poderosos a través de la competencia. La historia ha puesto en evidencia que el capitalismo es un monstruo que devora las empresas y fábricas pequeñas en beneficio de corporaciones de dimensiones colosales. La concentración de la riqueza hace, pues, a la esencia del capitalismo. La riqueza tiende a ser cada día más exclusiva, condenando a los sectores bajos de la sociedad a la miseria más escandalosa. De esa manera las masas de trabajadores se incrementan sin cesar, con lo cual emerge una brecha social que insulta a la dignidad humana. La elite económica vive a expensas del sudor de millones de esclavos, creándose una relación de subordinación que excluye aquellos valores por los cuales lucharon los revolucionarios franceses. La explotación, proclamó con vehemencia Mijaíl A. Bakunin (1814-1876), es el corazón del régimen capitalista. Ello explica por qué el capitalismo es esencialmente inmoral. Lo es porque obliga al proletario a vender su fuerza de trabajo para no morirse de hambre, a arrodillarse frente a los dueños del capital, a aceptar la esclavitud con tal de no perder el trabajo. Lo es porque genera en los oprimidos odio y resentimiento, venenos del espíritu que destruyen cualquier atisbo de concordia social. Lo es porque unos pocos se hacen ricos a costa de la sangre y la humillación de la mayoría. El capitalismo es sinónimo de desigualdad, sometimiento y violencia. Las palabras de Cristina son la expresión de un ideal, de una quimera. Porque el capitalismo, por más que sufra algún retoque (mayor regulación de los mercados, por ejemplo), nació para legitimar la ambición desenfrenada de poder de una minoría para la cual los proletarios no son más que ladrillos en la pared.
Hernán Andrés Kruse
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