Miércoles 28 de Marzo de 2012
¿Quiénes son los responsables de tanta lágrima social?, nosotros, todos. El mundo exterior es el reflejo externo de nuestra propia mente, ella se mueve según cuatro direcciones: el bien y el mal, la vida y la muerte. La lengua, antigua madre de la violencia, impone la decisión. El resentimiento, la condena fácil, la desidia, la ira o miedo disfrazado, el deseo de ver a alguien castigado, la crítica, la queja, la traición o la mentira, el hincapié en los agravios y el ansia de superar a otros son nuestras cotidianas miserias aún protegidas por el silencio y la sombra de la conciencia, nos convierten en perversos gestores de violencia. Dirigentes políticos y torpes con poder, transfigurados por la arrogancia, muchas veces se manifiestan con violencia verbal, y creen que pueden controlar sus consecuencias, pero en verdad no saben por cual vena corre el veneno. Facilitan a la sociedad que los mira y escucha argumentos para transformarla en el juez de todos los males, permitiendo que la destrucción del entramado social sea mayor. En tanto, el arma social ya está cargada y siempre habrá un imbécil que tire del gatillo. Aún somos tóxicos para el destino de la sociedad argentina, y la calidad de nuestros pensamientos es lo que forma o entorpece la vida. Para los creyentes, Dios parece despiadado al perseguir a su criatura y llevarla hasta la humillación total. Los reflexivos aseguran que está extirpando las raíces de nuestro orgullo. Los que creen en el Amor Divino piensan que es una especie de poder ubicado fuera de nosotros, probablemente en el cielo, y esperamos en poco tiempo que si pedimos con fuerza suficiente, ese poder bajará a rescatarnos. De hecho no existe tal poder exterior y por lo tanto no se puede recibir ayuda de esa manera. El único lugar donde puede existir el amor divino es en nuestros corazones. "Mancha al hombre lo que sale de él" (Mc 7, 14; Lc 6, 39). Pero el milagro siempre está en el corazón del hombre y Dios, a veces, suele despertarlo.
Roberto Luis Taltavull