Jueves 27 de Junio de 2013
En la interesante carta reproducida en la edición del 20 del corriente, titulada "Aeropagítica y libertad de prensa", se desliza un error histórico. En efecto, el despreciable dictador inglés Oliverio Cromwell jamás fue "ajusticiado" como allí se indica, sino que murió a consecuencia de enfermedad el 3 de septiembre 1658 ("Historia Universal Daimón -1ra. Edición, 1973, tomo 8, página 87). El deleznable sujeto pudo usufructuar de un poder omnímodo, enmascarándose bajo el título de "Lord protector". Todo dictador invoca, a modo de justificación al régimen opresivo que impone, la realización de altos ideales. El simple examen de los actos de gobierno del autócrata inglés, revela la sistemática concreción de principios despóticos, fundados moralmente en la intolerancia propia del fundamentalismo religioso que los puritanos abrevaron en las enseñanzas de otro sujeto no menos siniestro como lo fue Juan Calvino. El escritor francés Víctor Hugo sintetiza con maestría en su obra teatral "Cromwell", las desmedidas ambiciones de este regicida: el personaje se pregunta: "Y yo, ¿cuándo seré rey?". La humanidad debió soportar a otros déspotas que concluyeron su miserable existencia en un lecho, sin comparecer ante tribunal alguno. Uno de los mayores genocidas de todos los tiempos, José Stalin, expiró en esa forma. Supo organizar y mantener, valiéndose de su perversa estructura policial, una organización que le garantizó absoluta impunidad. El corrupto sargento cubano devenido en gobernante, Fulgencio Batista, si bien debió abandonar precipitadamente su país dejándolo a merced de los revolucionarios, finalizó sus días en la placentera Marbella, protegido por otro infame dictador, Francisco Franco, que también expiró sin ser juzgado por los crímenes que los españoles debieron soportar durante su prolongado gobierno. Nos cupo a los argentinos padecer desde 1930 en adelante, a varios dictadorzuelos de cuyo encumbramiento cabe a la ciudadanía una altísima cuota de responsabilidad. La mayoría de esos sujetos no padeció mayores sobresaltos una vez que debió abandonar el poder. Pero debemos reconocer como hecho histórico que los protagonistas del golpe más cruento, el ocurrido en 1976, fueron juzgados y condenados conforme a derecho. Uno de ellos, falleció en el lugar donde debía estar, la cárcel. Hasta resultó trabajoso sepultar sus despojos. Algunos autócratas encuentran el final que merecen. Uno de los desafíos de la humanidad, aún pendientes, es que desaparezca de la faz de la tierra todo régimen despótico.
Jorge Arévalo
DNI 10.189.789