La muerte en las aulas

Viernes 30 de Marzo de 2012

En 1968, Phillip Jackson publica "La vida en las aulas": obra relevante para el pensamiento educativo que aborda una multiplicidad de variables, de matices, que intervienen al momento de dar sentido y significancia al hecho educacional. La escuela, desde aquel punto de vista, devenía como aquella institución en donde cotidiana e implícitamente, los sujetos entendidos como mediadores de significados, en forma constante, aprehenden una serie se aprendizajes los cuales les permiten habitar –física y simbólicamente- la " vida" escolar. Sin embargo, con el paso de los años, y bajo determinadas condiciones sociales, políticas y culturales que aún al día de hoy continuamos acarreando, la escuela en algunos lugares de la Argentina, comenzó a vivenciar un proceso de inversión en la economía de estos conceptos en donde ya no nos permitiría del todo hablar sobre la “vida en las aulas” sino acerca de la llegada de su contracara que subvierte los valores institucionales de la escuela: la muerte. Si hiciéramos un breve repaso de algunos casos recientes, nos remitiría al lamentable acontecimiento ocurrido en el mes de noviembre de 2009 en la localidad de Mariano Moreno, provincia de Neuquén, Argentina; donde un adolescente de 15 años, en la Escuela René Favaloro, decide quitarse la vida delante de su profesora arrojándose un tiro "en el corazón". Consideramos que éste, al igual que otros casos renombrados como aquel conocido como “la masacre de Patagones”, y que han cobrado relevancia tanto local como internacionalmente, ubican en un mismo enunciado a los significantes "escuela", "muerte" y "violencia".

De lo anterior es que creemos que, aún más allá de las propias particularidades y diferencias, estos casos se suman al del joven baleado en nuestra ciudad de Rosario y pueden servirnos como un analizador para provocar el habla institucional en relación con algunas situaciones vividas. Podríamos decir que estos ejemplos dejan al descubierto "algo" relacionado con lo social, con lo político, con lo cultural y con lo educativo que, desde el punto de vista de la investigación socio-educativa, necesita ser dicho y reflexionado con el fin de volver a re-ligar a la infancia y la juventud, a un proceso continuo de afirmación de la "vida", en la escuela. En primer lugar, no creo que sea “azaroso” el hecho de leer periódicamente en las noticias locales acerca de diferentes ejecuciones diarias de jóvenes que tienen lugar en nuestra ciudad. Son muertes silenciosas pero constantes y nos hablan de la vigencia de la violencia como modo de habitar –y naturalizar- la dinámica social de nuestra ciudad. La facilidad con la cual se pueden conseguir armas, es también un punto de debate que nos concierne a todos como sociedad y que nos preocupa mucho pero no nos ocupa demasiado. En este sentido, se cumple aquello sostenido por Kaes (2002) cuando afirma que “La violencia es un discurso sin voz. La violencia no se puede hablar: se vive, se expresa, trabaja al nivel de una marca sin mediaciones (sin lenguaje) sobre el cuerpo y el espíritu. El discurso de la supresión es el del cuerpo a cuerpo, y su ser (el perseguidor) no tiene otra finalidad que la de transformar a un sujeto que podría ser deseante en un ´cuerpo a abatir´”. Sin embargo, considero que es hora de poner voz a estos discursos actuales que interpelan la indiferencia y que muchas veces nos hacen mirar para otro lado. Ya no puede aludirse la actual situación al “legado de gobiernos pasados”. Es hora de actuar aquí y ahora. Y el espacio escolar es un espacio privilegiado para abordar estas problemáticas, a la vez que se presenta como una re-traducción de la lógica social dominante. Solo es una cuestión de tiempo: si no intervenimos desde todos los sectores responsables (políticos, educativos, sociales, comunitarios, culturales) hechos como los aquí narrados se multiplicarán casi como una certeza matemática. La inequidad, la inseguridad y la injusticia son el combustible de la violencia social; y parafraseando a Robert Castel (2010), es necesario que el Estado de derecho y el Estado social intervengan para regular una sociedad de individuos pero para que sea también una sociedad de semejantes. Los patios de las escuelas no fueron concebidos para herir, ni para intimidar ni para matar o provocar la muerte física ni simbólica de nadie. No pueden tener otras manchas de sangre que no sean aquellas gotas producto de una mala caída en un espacio de juego colectivo que afirma la vida.

Es nuestro futuro, nuestro proyecto político como ciudadanos el que está en juego y es responsabilidad de todos intervenir para que la escuela pueda un camino nuevo para nuestros jóvenes y, de esta manera, re-significar la muerte continua a la que aún hoy tantos de ellos siguen expuestos en un proyecto de vida, en la escuela.

(*) Investigador del Conicet-UNR