Viernes 05 de Septiembre de 2014
Para explicar la existencia de la miseria, en su libro titulado Don Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes (1886-1927) relata un entretenido cuento que, resumidamente, dice así: Pasaban por Tierra Santa el Señor Jesucristo, que “sigún dicen jué el creador de la bondá” con San Pedro en sendas mulas, cuando el animal que montaba el Señor perdió una herradura. Llegaron a una herrería y el herrero, que se llamaba Miseria, le solucionó el problema colocándole una herradura nueva sin cobrarle la mano de obra. Luego de agradecerle, cuando se iban, San Pedro le sugirió al Señor darle algo en pago por su buena atención, por lo que volvieron a la herrería y el Señor le ofreció tres Gracias a elección del herrero, quien se negó a pedir el Paraíso que le sugería San Pedro, para pedir que el que se siente en su silla no se pueda levantar; que el que suba a sus nogales no se pueda bajar; y que el que se meta en su tabaquera no pueda salir de ella; en todos los casos, sin su autorización. Solicitudes estas que el Señor se las concedió. Luego vinieron los diablos a visitarlo y Miseria, primero, dejó a uno pegado en su silla; más tarde, a dos subidos a los nogales sin poder bajar; y, finalmente, a todos los diablos existentes metidos en su tabaquera con una flor de paliza encima, exigiéndoles en todos los casos para liberarlos más años de vida, goce sensual y bienestar. Pero el hecho de retener en su tabaquera a todos los diablos y, en consecuencia, que el mal desapareciera y sólo se vieran cosas buenas, motivó que muchos de los damnificados por su ausencia, recurrieran al gobernador para que los ayudara. Y éste les dio “una plata del Estao” para que llegaran a un arreglo con el herrero, de modo que dejara a los diablos en paz. Porque siendo como es el mundo, era preciso que los diablos anduvieran sueltos y que no desapareciera el mal, ya que hay muchos que viven de él. En conclusión, Miseria sucumbió y los liberó, bajo el compromiso de que no lo molestaran más a él. Pero he aquí que, como a todos, cierto día al herrero le llegó la muerte. Y fue al cielo, donde lo recibió San Pedro, quien no lo dejó entrar porque cuando tuvo la oportunidad de elegir el Paraíso no lo hizo. Por lo que se dirigió al Purgatorio, donde le dijeron que allí iban solamente las almas destinadas al cielo y que él no tenía tal destino. Entonces, como último recurso, acudió al Infierno, lugar donde los diablos (aterrados al verlo) tampoco lo recibieron por el maltrato del que habían sido objeto de su parte. Es por eso -según el cuento- que, desde entonces, Miseria y Pobreza son cosas de este mundo y nunca se irán a otro lugar.
Daniel E. Chávez